sábado, 31 de marzo de 2012

RECUERDA


Pronto el sol brilló por su ausencia y dio paso a una fría noche de mediados de Septiembre. El bosque se sumergía poco a poco en una amenazante penumbra capaz de asustar al más valiente guerrero.
Marco y Dafne, tras reconciliarse, habían decidido ir a buscar ramas para encender una hoguera y así, de paso, poder hablar en privado mientras daban un paseo. Caminaban tranquilos, con paso lento, empapándose del embriagador aroma que desprendían las distintas variedades de abetos y arbustos que los envolvían y les daban cobijo. Dafne, sin embargo, se sentía energética. Daba saltos de un tronco a otro y corría pequeñas distancias intentando encontrar las mejores ramas para la hoguera. Marco la contemplaba, pero su mirada había cambiado. Ya no la veía como a una niña feliz que volaba de nube en nube, vulnerable de dar un mal paso y desplomarse al vacío. Ahora Dafne aparecía ante sus ojos como una mujer, una  mujer cuyo pasado era probablemente tan oscuro como el suyo. Una mujer que le había abierto su corazón, que le había declarado su amor con un beso, pues no hacían falta palabras para describir aquello.

-¡Venga Marco! ¡Demuéstrame que ese esqueleto de treinta años aún puede moverse!-gritó Dafne a lo lejos.

Marco sonrió y se acercó a la orilla del río, donde ella intentaba, sin éxito, hacer desaparecer las marcas de tierra y sudor que le marcaban la cara. La miró fijamente, tenía los ojos más profundos que jamás había visto. Le cautivaban. Ella sonrió, extrañada por el comportamiento de Marco. Y, sin previo aviso, Dafne creyó caer al agua entre gritos y risas, empujada por Marco, que a la vez la sujetaba.

-¡Te odio! –reía ella.

-¿Por qué? ¿No era eso lo que querías? Este viejo cuerpo de veintiocho años aún tiene fuerzas para muchos años más.- replicó Marco sonriendo, muy orgulloso de sus jóvenes veintiocho años.

Dafne, que nunca aceptaba una derrota, soltó las ramitas que aún le quedaban en las manos y echó a correr en dirección a la cabaña:

-Con que sí, ¿eh? ¡Pues a ver si ese viejo esqueleto aún puede alcanzarme!
Marco negó con la cabeza y, entre risas, salió corriendo tras ella.
Cuando llegó, Dafne lo esperaba sentada con aire triunfal sobre un tocón a las afueras de la cabaña. Marco se detuvo exhausto y la miró embelesado.

-Eres una pequeña diabla. Venga, entremos. Me muero por un vaso de agua.

-¡Ya era hora!-exclamó Jake.-¿Dónde estabais? Empezaba a preocuparme.

-Lo siento Jakie, estábamos recogiendo ramas y…¡Mierda! Las ramas.-Y Dafne estalló en carcajadas, a las que pronto se sumaron Jake y Marco.

-No importa, al final no está haciendo tanto frío. ¿Qué has conseguido, Jake?-preguntó Marco.

-Menú para hoy: ¡Pizza!- contestó Jake, con un acento italiano mal logrado.

Dafne rio.

-Te pierde tu debilidad por el Dommino’s Pizza, Jake.

-Donde esté una buena pizza….

-Sobra todo lo demás-acabó Dafne imitando a su amigo.

Al cabo de una hora, la cena se dio por acabada. Estaban hinchados y querían descansar, pero sabían que no podían retrasar la dura conversación que debían mantener. Dafne estaba asustada y Marco lo notó. Se acercó hasta ella y la rodeo con el brazo.

-Bueno, Dafne, sé que es duro para ti, pero tenemos que saberlo. ¿Qué pasó con tu padre? ¿Está…-y no terminó la frase.

-No, no lo está. Pero le disparé para matarlo.-una lágrima comenzaba a caer por su mejilla.- Volví a casa después de cenar contigo, Jake, y él no estaba. Yo solo quería coger mis cosas, comida y algo de dinero. Encontré una pistola pero la dejé donde estaba, ¡lo juro!-Dafne hablaba desesperada.

-Tranquila Daffy, te creemos.-la tranquilizó Marco.

Ella agradeció con la mirada aquella confianza.

-Él entró a casa y me vio, venía hacia mí y estaba muy furioso. Pensé que me iba a matar, no sé lo que me pasó. Cogí la pistola y…disparé. Se quedó en el suelo y yo me asusté, no sabía qué hacer.-la insignificante lágrima se había transformado en cuestión de segundos en un torrente de dolor.- ¡No sabía qué hacer! ¡Yo no quería! ¡No quería!

Marco la abrazó y Jake sintió tan profundamente el dolor de su amiga que también dejó caer una lágrima. Nunca la había visto así. Era injusto que una personita como Dafne tuviera que pasar por algo como aquello.

-Me fui corriendo y tiré el arma en una papelera, pero no podía dejarlo morir y volví. Pero ya no estaba.

-¿Y no sabes a dónde ha podido ir?-preguntó Jake.

-Seguramente a la policía. Es su oportunidad para quitarte de en medio sin complicarse la vida.-añadió Marco, ensimismado.

Dafne se asustó y comenzó a temblar.

-Marco, ¿qué me va a pasar?-sollozó.

Pero Marco estaba ya muy lejos. Veinte años atrás…

Marco estaba escondido debajo de la cama. Su hermano, a su lado, le agarraba la mano fuertemente. Temblaba. Tenía miedo. Esperaban atentos y en tensión la inevitable visita de un monstruo.
El tiempo pasaba y se hacía interminable. El día y la noche eran uno para ellos. No veían la luz del día, ni siquiera para ir al colegio. Su padre les había prohibido volver aquél fatídico día…
Escucharon los pasos que se acercaban, pesados, cargados de furia, de odio. Eran los pasos de un demonio. Marco apretó a su hermano contra la pared, aún debajo de la cama. Le hizo un gesto de silencio, pero Bruno lloraba desconsolado. Sabía lo que le esperaba.

-Marco-lo sacudió Dafne.-¿Estás bien? ¿Qué sucede?

Marco la miró asustado, como si de un niño de ocho años se tratara. 
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lunes, 19 de marzo de 2012

PERDONA


-Dafne-repitió Marco.

Ella seguía sin moverse. No podía creer que la hubiera encontrado. No estaba preparada para eso, todavía no. Marco había significado mucho más que lo que ella había sido para él, una simple distracción. Sentía algo por aquel joven, y eso la asustaba. Nunca se había permitido sentir nada por nadie, a excepción de Jake, y la única vez que había intentado besarle, éste le había respondido sacándole la lengua y diciéndole que era una niña muy fea. Claro que eso había ocurrido cuando ambos tenían seis años. Desde entonces Dafne había pasado sus días cuidando de sí misma. Ahora Marco estaba allí, justo detrás de ella. Tenía la oportunidad de decirle lo que sentía. Solo necesitaba una señal. Se estremeció.
Oyó cómo se acercaba a ella lentamente, las ramas del suelo crujían bajo sus pies.

-Dafne, mírame.
-¿Qué haces aquí?-susurró, sin volverse hacia él.
-Tu padre te está buscando.
-Eso no es lo que te he preguntado.-Se giró.- ¿Por qué has venido? ¿Cómo has encontrado a Jake y cómo sabías dónde estaba?

Marco suspiró.

-Te dejaste la carpeta en mi apartamento y encontré el falso fondo donde ocultabas los documentos. Al principio no lo vi, pero se cayó al suelo y se desprendió.

Dafne seguía seria, mirándolo fijamente. Esperaba a que Marco le hiciera la señal.

-Dafne, he venido porque quiero ayudarte. No estás sola.
-No me importa estarlo, llevo toda mi vida sola y me las he apañado muy bien. Gracias por tu ayuda Marco, pero es mejor que te vayas.

Se dio cuenta de que aquello que había dicho le dolía más que cualquier golpe que hubiera recibido. Y comenzó a preguntarse si era eso el amor, siempre le habían dicho que dolía.

-¡Dafne no seas cría! ¡Estás sola e indefensa! Jake se va en unos días a Canadá y entonces, ¿a dónde irás? ¿Qué piensas hacer?

La señal no se había producido.

-¡Cállate! ¡No entiendes nada! ¡Eso es lo que soy yo para ti, solo una cría indefensa! ¡Entérate de una vez Marco, no necesito tu ayuda, no quiero que me sigas, ni quiero que me protejas! ¡Estoy harta de ti! ¡Déjame en paz!

Y caminó rápidamente hacia el riachuelo para que Marco no la viera llorar.
Jake, que lo había presenciado todo, se acercó a Marco y le puso la mano en el hombro.

-No lo entiendo, Jake.-dijo Marco, afligido.
-No es culpa tuya. Siempre ha tenido mucho carácter y con todo lo que está pasando se siente agobiada.
-Pero yo solo quiero ayudarla.
-¿No has pensado que quizás no es eso lo que ella quiere de ti?

Y Jake se marchó tras Dafne.

Marco decidió esperar. ¿Qué había querido decir Jake con aquello? Dafne estaba pasando malos momentos, pero no creía que eso fuera la causa de aquél arrebato de furia y odio por parte de ella. No, había algo más. Algo que se le había escapado. “No es eso lo que ella quiere de ti”, se repitió. Recapituló. Desde que la conoció, ambos fueron sinceros el uno con el otro, hablaron como amigos y rieron como amigos, pero en ningún momento ella le dio a entender que sintiera algo más. ¿Se equivocaba? Nunca la había tocado, a excepción de aquella primera noche en la que la abrazó. Aunque…Sí, podría ser. La noche que se pelearon, ella le había mirado con una nueva mirada. Sus ojos estaban profundamente cargados de un nuevo sentimiento, tenían un brillo especial. ¿Pero qué era aquél brillo? ¿Qué sentimiento podía ser ese? ¿Era posible que Dafne sintiera amor por él?

Unos metros más lejos, Jake encontraba a Dafne agachada acariciando el agua fría del río.

-Daffy…
-Siento que hayas visto eso. Es un idiota.
-Sí, lo es.-sonrió Jake.-Pero quiere ayudarte, y eso es algo que en estos momentos no puedes rechazar, risitas.
-No necesito su ayuda. Él me ve como una niña desamparada sin casa ni comida, Jake. Yo no necesito caridad.
-Dafne, quizás ni tú ni él os deis cuenta, pero yo lo veo desde fuera. No lo sabéis aún, pero os necesitáis el uno al otro. No seas tonta y acepta su compañía.

Dafne seguía en silencio, así que añadió:
-No es un Brad Pitt, pero no es feo. Y tiene sus años, sí, pero es una ventaja en este caso. Venga Daffy, vuelve con él.
-No es tan viejo, solo tiene veintiocho años.-sonrió-Y feo no es. Pero no siente lo mismo que yo, Jake.
-Dale tiempo Dafne. Lo que tenga que ser, será. A veces el amor no es tan fácil de detectar, sobre todo cuando has tenido muchas experiencias previamente. Y no sé muy bien por qué, pero intuyo que ese es el caso de nuestro pequeño Matusalén.

Dafne no pudo evitar sonreír.

-Y si las cosas salen mal, al menos tú habrás estado protegida. Y recuerda que siempre puedes venir a verme a Canadá. Solo llámame y te enviaré el billete.

Dafne se levantó y abrazó a su amigo. No sabía cómo, pero Jake siempre conseguía sacarla de la penumbra. Era, sin duda, el mejor amigo que podía existir.

-¿Vamos?-la invitó.-Iremos a mi casa y pasaremos la noche allí. Él puede quedarse en el sofá y tú en la habitación de invitados.
-Gracias Jake, pero creo que prefiero quedarme en la cabaña.
-En ese caso, te haré compañía. ¿Te importa?
-Jake, también es tu casa.-sonrió ella.

Los pensamientos de Marco pronto se vieron interrumpidos. Jake volvía, y con él, Dafne. Había estado llorando, y esa imagen le partía el corazón. Se dio cuenta, quizás demasiado tarde, de que él también había acabado sintiendo algo por aquella chiquilla. No sabía a ciencia cierta si era amor, pero pensaba averiguarlo. Pensó que ya era hora de dejar de huir de sus sentimientos. Había pasado mucho tiempo huyendo…

-Marco, yo…-comenzó ella, tímidamente.
-No Dafne. Soy yo el que debe disculparse. No pensé que tú, que yo…Quiero decir, no creí que fuera posible que…

Dafne lo miraba divertida.

-¡No me mires así! Es difícil.-sonrió él.
-Pocas veces sonríes. Deberías hacerlo más a menudo, te sienta bien.
-Bueno, -comenzó- eso es porque tengo un motivo por el que sonreír.

Y tras una larga e intensa mirada, ambos compartieron el beso más sincero que ninguno de los dos había tenido jamás.
Uno por su complicada historia del pasado. La otra, por su inexperiencia en temas de corazón.

Jake, divertido, miraba la escena desde lejos mientras preparaba la comida para la cena. Parecía ser una noche muy prometedora.


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martes, 28 de febrero de 2012

ACTÚA


Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad, a su realidad. Hacía frío, pero la tensión le impedía sentirlo. Deambuló por las calles en un intento por retrasar lo inevitable. Al final, llegó a s destino.
La casa estaba en silencio, no parecía haber nadie. Supuso que su padre estaría en el bar.
Era la oportunidad de entrar y coger todo lo que aquella oscura noche no pudo coger. La puerta, como de costumbre, estaba sin cerrar.
Entró sigilosa por si su padre estuviera durmiendo, y tras recorrer la casa comprobó que no era así. Se dirigió a su habitación, sacó del armario una nueva bolsa de viaje y metió todo lo importante en ella. Después se dirigió a la cocina en busca de comida. La nevera estaba vacía, así que optó por rebuscar entre las alacenas y los cajones. Encontró barritas energéticas y chocolate. Lo metió en la bolsa y siguió buscando.

Se le ocurrió buscar dinero, sabía que su padre lo escondía en su habitación. Fue hasta ella y, tras buscar por todos los armarios, en un último intento desesperado, levantó el colchón. Premio. Allí debajo había una caja de metal sin cerrar. La abrió, pero no encontró lo que esperaba. Allí dentro había un arma, una pistola con silenciador incluido. También había balas de repuesto y una navaja. ¿Qué clase de hombre era su padre? ¿Con quién había estado viviendo todos estos años?

Dejó el arma sobre la cama y continuó buscando dinero. Abrió los últimos cajones que le quedaban por registrar. Y entonces todo ocurrió muy rápido.

-Serás hija de puta. ¡¿Qué estás haciendo aquí?!- gritó su padre.

El tiempo se agotaba, aquél monstruo avanzaba a pasos gigantes hacía ella con el puño en alto. La iba a matar. Tenía que escapar, pero él bloqueaba la puerta. No se lo pensó dos veces. Agarró la pistola y sin piedad, disparó.

Su padre cayó al suelo, gritando de dolor. Y ella, asustada, soltó la pistola que fue a parar al suelo, se miró las manos y lloró. Comprendió que debía salir de allí cuanto antes. Recogió el arma, agarró sus bolsas de viaje y lo miró una última vez, tumbado allí en el suelo, agonizando. Se fue. Corrió en mitad de la noche. No tenía rumbo. Correr le hacía sentirse más libre, le permitía huir, ser invencible. Necesitaba olvidar lo que había pasado. Había disparado a su padre. Era la segunda vez que intentaba matarlo. ¿Qué había hecho? Tenía que volver, no podía dejar morir a una persona, ni aunque esa persona fuera un cabrón como su padre. 

Volvió sobre sus pasos hasta su casa, y entró llorando. Se dirigió a la habitación de su padre, pero no había rastro de él. Solo quedaba un charco de sangre sobre la moqueta. No lo entendía, no habían pasado más de diez minutos. ¿Dónde estaba su padre?
Recorrió la casa y tampoco lo vio. Decidió que era mejor irse. Tiró el arma en la primera papelera que encontró, y siguió su camino. 
No tenía a dónde ir, y no quería involucrar a Jake en esto. Tampoco podía acudir a la policía, ella era la que había disparado, y ahora no sabía si su padre estaba muerto o no. Podría estar ya allí, testificando contra ella. Tenía que irse.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegó a su escondite preferido. Su ciudad estaba rodeada de bosques fríos y oscuros, y eran el lugar perfecto para tener una cabaña. De pequeños, Jake y ella la encontraron abandonada y comenzaron a reformarla por simple diversión, pero según crecieron, aquella casita se convirtió en su refugio, en un lugar al que huir para encontrar paz.
Jake había dejado de ir desde que Dafne se fue, por lo que estaba algo descuidada. Sacó el colchón hinchable que guardaban para emergencias y se durmió.

Mientras, en el hospital, la policía tomaba declaración a un hombre con un disparo en el hombro izquierdo.
-¿Dice que fue su hija borracha quien le disparó, entonces?
-Sí.- lloró el hombre.

A kilómetros de distancia, Marco, tras pasar la noche en vela leyendo todos y cada uno de los escritos de Dafne, se levantó de la mesa enfadado por no haber obtenido resultado alguno. ¿Dónde podría estar? Golpeó la mesa con furia. La carpeta, ahora vacía, salió disparada y cayó en el suelo, mostrando un falso fondo formado por una simple y sencilla cartulina.
Allí estaba lo que buscaba. Recogió la carpeta y sacó los papeles. Entre ellos había fotos, papeles de identificación y una carta que, supuso, era de su madre. No se atrevió a leerla por respeto a Dafne.
Comenzó por los papeles de identificación. Daffy, la chiquilla a la que tanto apreciaba, resultó ser la mayor de dos hermanos. Danfe tenía un hermano y no se lo había dicho nunca. Continuó leyendo. Su padre, Arnold Clapton, se había casado hacía veintiséis años con su madre, Sara McConnagan, con la que había tenido dos hijos: Dafne y Jim.
Si Dafne tenía un hermano, ¿dónde estaba? No era capaz de dejarlo en casa con su padre, ella no era así. Allí estaba pasando algo muy raro, y quería averiguar qué era. Pero primero debía encontrarla.
Siguió rebuscando entre los papeles y decidió mirar las fotos. Una era la de una mujer pelirroja con los ojos grises y la mirada alegre. En la otra, aparecían Dafne y otro muchacho más alto que ella en una cafetería en primer plano, y en segundo, por detrás, aparecía una mujer sonriendo. Era la encargada de la cafetería, y en su delantal había una clave. Cafetería Hope.
Encendió su ordenador e inició el buscador de internet. Tecleó “Cafetería Hope”, y en la primera entrada, el servidor le indicó la ciudad en la que estaba: Louisville, Colorado.
No tardó ni diez minutos en hacer su equipaje. Se montó en su viaje camioneta y puso rumbo a Louisville.

Fue un largo viaje, pero tras cinco horas por fin llegó a su destino. Eran las nueve de la mañana cuando llegó a la cafetería. Entró y buscó a la mujer de la fotografía. Allí estaba, sirviendo cafés.

-Disculpe, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne,- le mostró la foto- la estoy buscando. Usted es esa señora de ahí, así que la conoce. Por favor, ayúdeme.

La mujer se llevó a Marco a una mesa apartada.

-¿De qué conoces a Dafne, Marco? ¿Qué quieres de ella?
-Dafne y yo nos conocimos cuando ella estaba huyendo de su padre. La alojé y nos hicimos amigos, pero tuvimos una discusión y se marchó. Quiero encontrarla porque su padre la está buscando y no sé hasta dónde sea capaz de llegar. Tiene que ayudarme, por favor.
-Está bien. Yo no sé dónde puede estar, pero sí sé que el joven de la foto es su mejor amigo. Si no lo sabe él, nadie lo sabrá.
-De acuerdo.
-Se llama Jake, el apellido no lo recuerdo bien. Vive en un apartamento en la calle Underwood, en el edificio blanco más cercano al parque.
-Muchas gracias, de verdad.- se levantó.
-Marco.-le llamó.- Cuida de ella.
-Lo haré.- le prometió.

Y salió de la cafetería rumbo a la calle Underwood. Encontró el edificio y llamó a todos los timbres preguntando por Jake. Al final, acertó.

-Sí, ¿quién llama?
-Jake, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne, la estoy buscando. ¿Podríamos hablar?

Silencio.

-Jake, por favor. Dafne está en peligro.
-Sube.-aceptó.

Cuando Marco llegó a la puerta del apartamento, Jake ya lo esperaba fuera con cara de pocos amigos.

-¿Tú eres el chico que le dio comida y casa?-inquirió.
-Sí. La ayudé.
-Entiendo, entra.

Se sentaron en el salón. Marco, al ver tantas cajas y paquetes se extrañó.

-¿Te marchas?
-Sí, me voy en unos días a Canadá a estudiar en la universidad.

Marco asintió.

-Jake, supongo que nadie mejor que tú conoce a Daffy…a Dafne.-se corrigió.- Sabes lo que ella sufre en su casa. Pues bien, debes saber que su padre anda detrás de ella y la quiere muerta. Por eso necesito encontrarla, para protegerla.
-Dafne estuvo aquí anoche. Pero no sé a dónde fue después. Yo le pedí que se quedara, pero insistió en que tenía cosas que hacer.
-Entonces no sabes dónde está. ¡Maldita sea!-dijo Marco, frustrado.
-Solo se me ocurre un lugar en el que pueda estar. Dudo mucho que haya ido a su casa.
-Bien. ¿Está muy lejos?
-Un poco. Está a las afueras de la ciudad, en el bosque. Es una vieja cabaña que encontramos cuando éramos pequeños y que decidimos reconstruir. A Daffy le encanta.-sonrió, pensando en los viejos tiempos. 
Enseguida se percató de que había mostrado su nostalgia frente a aquél desconocido e intentó recomponer el semblante.

Subieron a la vieja camioneta de Marco y Jake hizo de guía. Cuando llegaron al comienzo del bosque, bajaron del coche para continuar a pie.

-No está muy lejos desde aquí, unos escasos dos kilómetros.-dijo Jake.

Comenzaron a caminar en silencio. Jake no hacía más que mirar a Marco. ¿Quién era aquél tipo? ¿Qué quería de su amiga? ¿Sería de fiar? Era demasiado mayor para Dafne, rondaría los treinta, pensó.

-Jake, si quieres preguntarme algo, hazlo sin miedo, pero deja de mirarme con cara de susto.
- Solo me preguntaba quién eras. Cuál es tu historia y qué tienes tú que ver con Dafne. Es mi mejor amiga y no dejaré que nadie le haga daño. Así que si eres un rompecorazones, un picaflores, ya puedes darte media vuelta y dejarla en paz.
-Jake, yo no soy más que un conocido de Dafne. Me importa como amiga y quiero ayudarla. Eso es todo. En cuanto a quién soy y cuál es mi historia, creo que no te incumbe.

Jake seguía dudando, pero le había quedado claro que no conseguiría saber nada más de aquél hombre.
Al cabo de unos minutos divisaron la cabaña. La puerta estaba entreabierta y Jake y Marco intercambiaron una mirada.

-Quédate fuera vigilando y yo entraré.-dijo Jake en voz baja.

Marco, de nuevo, asintió. Jake entró sigilosamente, cubriéndose las espaldas. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la cabaña, distinguió una figura durmiendo sobre el colchón. Se acercó sin hacer ruido y compró aliviado que se trataba de Dafne. La despertó con ternura pretendiendo que no se asustara, pero consiguió el efecto contrario. Dafne pegó un chillido y profirió un puñetazo a la nariz de su amigo.

-¡Dafne!  Soy yo, Jake. ¡Estate quieta!
-¿Jake? ¿Qué haces aquí?
-Estoy bien, gracias.
-Oh, lo siento Jake. Espera, iré a buscar algo con lo que limpiar la sangre.

Jake intentó impedirle que saliera de la cabaña, pero ella ya había atravesado la puerta.
Al salir, Dafne se dirigió al riachuelo que pasaba por allí cerca para mojar un pañuelo para su amigo.

-Dafne.

Ella se detuvo, paralizada. Conocía esa voz. Él estaba allí.


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