Pronto el sol
brilló por su ausencia y dio paso a una fría noche de mediados de Septiembre.
El bosque se sumergía poco a poco en una amenazante penumbra capaz de asustar
al más valiente guerrero.
Marco y Dafne,
tras reconciliarse, habían decidido ir a buscar ramas para encender una hoguera
y así, de paso, poder hablar en privado mientras daban un paseo. Caminaban
tranquilos, con paso lento, empapándose del embriagador aroma que desprendían
las distintas variedades de abetos y arbustos que los envolvían y les daban
cobijo. Dafne, sin embargo, se sentía energética. Daba saltos de un tronco a
otro y corría pequeñas distancias intentando encontrar las mejores ramas para
la hoguera. Marco la contemplaba, pero su mirada había cambiado. Ya no la veía
como a una niña feliz que volaba de nube en nube, vulnerable de dar un mal paso
y desplomarse al vacío. Ahora Dafne aparecía ante sus ojos como una mujer,
una mujer cuyo pasado era probablemente
tan oscuro como el suyo. Una mujer que le había abierto su corazón, que le
había declarado su amor con un beso, pues no hacían falta palabras para
describir aquello.
-¡Venga Marco!
¡Demuéstrame que ese esqueleto de treinta años aún puede moverse!-gritó Dafne a
lo lejos.
Marco sonrió y
se acercó a la orilla del río, donde ella intentaba, sin éxito, hacer
desaparecer las marcas de tierra y sudor que le marcaban la cara. La miró
fijamente, tenía los ojos más profundos que jamás había visto. Le cautivaban.
Ella sonrió, extrañada por el comportamiento de Marco. Y, sin previo aviso,
Dafne creyó caer al agua entre gritos y risas, empujada por Marco, que a la vez
la sujetaba.
-¡Te odio!
–reía ella.
-¿Por qué? ¿No
era eso lo que querías? Este viejo cuerpo de veintiocho años aún tiene fuerzas para muchos años más.- replicó
Marco sonriendo, muy orgulloso de sus jóvenes veintiocho años.
Dafne, que nunca
aceptaba una derrota, soltó las ramitas que aún le quedaban en las manos y echó
a correr en dirección a la cabaña:
-Con que sí, ¿eh?
¡Pues a ver si ese viejo esqueleto aún puede alcanzarme!
Marco negó con
la cabeza y, entre risas, salió corriendo tras ella.
Cuando llegó,
Dafne lo esperaba sentada con aire triunfal sobre un tocón a las afueras de la
cabaña. Marco se detuvo exhausto y la miró embelesado.
-Eres una
pequeña diabla. Venga, entremos. Me muero por un vaso de agua.
-¡Ya era
hora!-exclamó Jake.-¿Dónde estabais? Empezaba a preocuparme.
-Lo siento
Jakie, estábamos recogiendo ramas y…¡Mierda! Las ramas.-Y Dafne estalló en
carcajadas, a las que pronto se sumaron Jake y Marco.
-No importa,
al final no está haciendo tanto frío. ¿Qué has conseguido, Jake?-preguntó
Marco.
-Menú para
hoy: ¡Pizza!- contestó Jake, con un acento italiano mal logrado.
Dafne rio.
-Te pierde tu
debilidad por el Dommino’s Pizza, Jake.
-Donde esté
una buena pizza….
-Sobra todo lo
demás-acabó Dafne imitando a su amigo.
Al cabo de una
hora, la cena se dio por acabada. Estaban hinchados y querían descansar, pero
sabían que no podían retrasar la dura conversación que debían mantener. Dafne
estaba asustada y Marco lo notó. Se acercó hasta ella y la rodeo con el brazo.
-Bueno, Dafne, sé que es duro para ti, pero tenemos que saberlo. ¿Qué pasó con tu padre? ¿Está…-y no terminó la frase.
-No, no lo
está. Pero le disparé para matarlo.-una lágrima comenzaba a caer por su
mejilla.- Volví a casa después de cenar contigo, Jake, y él no estaba. Yo solo
quería coger mis cosas, comida y algo de dinero. Encontré una pistola pero la
dejé donde estaba, ¡lo juro!-Dafne hablaba desesperada.
-Tranquila
Daffy, te creemos.-la tranquilizó Marco.
Ella agradeció
con la mirada aquella confianza.
-Él entró a
casa y me vio, venía hacia mí y estaba muy furioso. Pensé que me iba a matar,
no sé lo que me pasó. Cogí la pistola y…disparé. Se quedó en el suelo y yo me
asusté, no sabía qué hacer.-la insignificante lágrima se había transformado en
cuestión de segundos en un torrente de dolor.- ¡No sabía qué hacer! ¡Yo no
quería! ¡No quería!
Marco la
abrazó y Jake sintió tan profundamente el dolor de su amiga que también dejó
caer una lágrima. Nunca la había visto así. Era injusto que una personita como
Dafne tuviera que pasar por algo como aquello.
-Me fui
corriendo y tiré el arma en una papelera, pero no podía dejarlo morir y volví.
Pero ya no estaba.
-¿Y no sabes a
dónde ha podido ir?-preguntó Jake.
-Seguramente a
la policía. Es su oportunidad para quitarte de en medio sin complicarse la
vida.-añadió Marco, ensimismado.
Dafne se
asustó y comenzó a temblar.
-Marco, ¿qué
me va a pasar?-sollozó.
Pero Marco
estaba ya muy lejos. Veinte años atrás…
Marco estaba escondido debajo de la cama. Su
hermano, a su lado, le agarraba la mano fuertemente. Temblaba. Tenía miedo. Esperaban
atentos y en tensión la inevitable visita de un monstruo.
El tiempo pasaba y se hacía interminable. El
día y la noche eran uno para ellos. No veían la luz del día, ni siquiera para
ir al colegio. Su padre les había prohibido volver aquél fatídico día…
Escucharon los pasos que se acercaban, pesados,
cargados de furia, de odio. Eran los pasos de un demonio. Marco apretó a su
hermano contra la pared, aún debajo de la cama. Le hizo un gesto de silencio,
pero Bruno lloraba desconsolado. Sabía lo que le esperaba.
-Marco-lo
sacudió Dafne.-¿Estás bien? ¿Qué sucede?
Marco la miró
asustado, como si de un niño de ocho años se tratara.