martes, 28 de febrero de 2012

ACTÚA


Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad, a su realidad. Hacía frío, pero la tensión le impedía sentirlo. Deambuló por las calles en un intento por retrasar lo inevitable. Al final, llegó a s destino.
La casa estaba en silencio, no parecía haber nadie. Supuso que su padre estaría en el bar.
Era la oportunidad de entrar y coger todo lo que aquella oscura noche no pudo coger. La puerta, como de costumbre, estaba sin cerrar.
Entró sigilosa por si su padre estuviera durmiendo, y tras recorrer la casa comprobó que no era así. Se dirigió a su habitación, sacó del armario una nueva bolsa de viaje y metió todo lo importante en ella. Después se dirigió a la cocina en busca de comida. La nevera estaba vacía, así que optó por rebuscar entre las alacenas y los cajones. Encontró barritas energéticas y chocolate. Lo metió en la bolsa y siguió buscando.

Se le ocurrió buscar dinero, sabía que su padre lo escondía en su habitación. Fue hasta ella y, tras buscar por todos los armarios, en un último intento desesperado, levantó el colchón. Premio. Allí debajo había una caja de metal sin cerrar. La abrió, pero no encontró lo que esperaba. Allí dentro había un arma, una pistola con silenciador incluido. También había balas de repuesto y una navaja. ¿Qué clase de hombre era su padre? ¿Con quién había estado viviendo todos estos años?

Dejó el arma sobre la cama y continuó buscando dinero. Abrió los últimos cajones que le quedaban por registrar. Y entonces todo ocurrió muy rápido.

-Serás hija de puta. ¡¿Qué estás haciendo aquí?!- gritó su padre.

El tiempo se agotaba, aquél monstruo avanzaba a pasos gigantes hacía ella con el puño en alto. La iba a matar. Tenía que escapar, pero él bloqueaba la puerta. No se lo pensó dos veces. Agarró la pistola y sin piedad, disparó.

Su padre cayó al suelo, gritando de dolor. Y ella, asustada, soltó la pistola que fue a parar al suelo, se miró las manos y lloró. Comprendió que debía salir de allí cuanto antes. Recogió el arma, agarró sus bolsas de viaje y lo miró una última vez, tumbado allí en el suelo, agonizando. Se fue. Corrió en mitad de la noche. No tenía rumbo. Correr le hacía sentirse más libre, le permitía huir, ser invencible. Necesitaba olvidar lo que había pasado. Había disparado a su padre. Era la segunda vez que intentaba matarlo. ¿Qué había hecho? Tenía que volver, no podía dejar morir a una persona, ni aunque esa persona fuera un cabrón como su padre. 

Volvió sobre sus pasos hasta su casa, y entró llorando. Se dirigió a la habitación de su padre, pero no había rastro de él. Solo quedaba un charco de sangre sobre la moqueta. No lo entendía, no habían pasado más de diez minutos. ¿Dónde estaba su padre?
Recorrió la casa y tampoco lo vio. Decidió que era mejor irse. Tiró el arma en la primera papelera que encontró, y siguió su camino. 
No tenía a dónde ir, y no quería involucrar a Jake en esto. Tampoco podía acudir a la policía, ella era la que había disparado, y ahora no sabía si su padre estaba muerto o no. Podría estar ya allí, testificando contra ella. Tenía que irse.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegó a su escondite preferido. Su ciudad estaba rodeada de bosques fríos y oscuros, y eran el lugar perfecto para tener una cabaña. De pequeños, Jake y ella la encontraron abandonada y comenzaron a reformarla por simple diversión, pero según crecieron, aquella casita se convirtió en su refugio, en un lugar al que huir para encontrar paz.
Jake había dejado de ir desde que Dafne se fue, por lo que estaba algo descuidada. Sacó el colchón hinchable que guardaban para emergencias y se durmió.

Mientras, en el hospital, la policía tomaba declaración a un hombre con un disparo en el hombro izquierdo.
-¿Dice que fue su hija borracha quien le disparó, entonces?
-Sí.- lloró el hombre.

A kilómetros de distancia, Marco, tras pasar la noche en vela leyendo todos y cada uno de los escritos de Dafne, se levantó de la mesa enfadado por no haber obtenido resultado alguno. ¿Dónde podría estar? Golpeó la mesa con furia. La carpeta, ahora vacía, salió disparada y cayó en el suelo, mostrando un falso fondo formado por una simple y sencilla cartulina.
Allí estaba lo que buscaba. Recogió la carpeta y sacó los papeles. Entre ellos había fotos, papeles de identificación y una carta que, supuso, era de su madre. No se atrevió a leerla por respeto a Dafne.
Comenzó por los papeles de identificación. Daffy, la chiquilla a la que tanto apreciaba, resultó ser la mayor de dos hermanos. Danfe tenía un hermano y no se lo había dicho nunca. Continuó leyendo. Su padre, Arnold Clapton, se había casado hacía veintiséis años con su madre, Sara McConnagan, con la que había tenido dos hijos: Dafne y Jim.
Si Dafne tenía un hermano, ¿dónde estaba? No era capaz de dejarlo en casa con su padre, ella no era así. Allí estaba pasando algo muy raro, y quería averiguar qué era. Pero primero debía encontrarla.
Siguió rebuscando entre los papeles y decidió mirar las fotos. Una era la de una mujer pelirroja con los ojos grises y la mirada alegre. En la otra, aparecían Dafne y otro muchacho más alto que ella en una cafetería en primer plano, y en segundo, por detrás, aparecía una mujer sonriendo. Era la encargada de la cafetería, y en su delantal había una clave. Cafetería Hope.
Encendió su ordenador e inició el buscador de internet. Tecleó “Cafetería Hope”, y en la primera entrada, el servidor le indicó la ciudad en la que estaba: Louisville, Colorado.
No tardó ni diez minutos en hacer su equipaje. Se montó en su viaje camioneta y puso rumbo a Louisville.

Fue un largo viaje, pero tras cinco horas por fin llegó a su destino. Eran las nueve de la mañana cuando llegó a la cafetería. Entró y buscó a la mujer de la fotografía. Allí estaba, sirviendo cafés.

-Disculpe, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne,- le mostró la foto- la estoy buscando. Usted es esa señora de ahí, así que la conoce. Por favor, ayúdeme.

La mujer se llevó a Marco a una mesa apartada.

-¿De qué conoces a Dafne, Marco? ¿Qué quieres de ella?
-Dafne y yo nos conocimos cuando ella estaba huyendo de su padre. La alojé y nos hicimos amigos, pero tuvimos una discusión y se marchó. Quiero encontrarla porque su padre la está buscando y no sé hasta dónde sea capaz de llegar. Tiene que ayudarme, por favor.
-Está bien. Yo no sé dónde puede estar, pero sí sé que el joven de la foto es su mejor amigo. Si no lo sabe él, nadie lo sabrá.
-De acuerdo.
-Se llama Jake, el apellido no lo recuerdo bien. Vive en un apartamento en la calle Underwood, en el edificio blanco más cercano al parque.
-Muchas gracias, de verdad.- se levantó.
-Marco.-le llamó.- Cuida de ella.
-Lo haré.- le prometió.

Y salió de la cafetería rumbo a la calle Underwood. Encontró el edificio y llamó a todos los timbres preguntando por Jake. Al final, acertó.

-Sí, ¿quién llama?
-Jake, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne, la estoy buscando. ¿Podríamos hablar?

Silencio.

-Jake, por favor. Dafne está en peligro.
-Sube.-aceptó.

Cuando Marco llegó a la puerta del apartamento, Jake ya lo esperaba fuera con cara de pocos amigos.

-¿Tú eres el chico que le dio comida y casa?-inquirió.
-Sí. La ayudé.
-Entiendo, entra.

Se sentaron en el salón. Marco, al ver tantas cajas y paquetes se extrañó.

-¿Te marchas?
-Sí, me voy en unos días a Canadá a estudiar en la universidad.

Marco asintió.

-Jake, supongo que nadie mejor que tú conoce a Daffy…a Dafne.-se corrigió.- Sabes lo que ella sufre en su casa. Pues bien, debes saber que su padre anda detrás de ella y la quiere muerta. Por eso necesito encontrarla, para protegerla.
-Dafne estuvo aquí anoche. Pero no sé a dónde fue después. Yo le pedí que se quedara, pero insistió en que tenía cosas que hacer.
-Entonces no sabes dónde está. ¡Maldita sea!-dijo Marco, frustrado.
-Solo se me ocurre un lugar en el que pueda estar. Dudo mucho que haya ido a su casa.
-Bien. ¿Está muy lejos?
-Un poco. Está a las afueras de la ciudad, en el bosque. Es una vieja cabaña que encontramos cuando éramos pequeños y que decidimos reconstruir. A Daffy le encanta.-sonrió, pensando en los viejos tiempos. 
Enseguida se percató de que había mostrado su nostalgia frente a aquél desconocido e intentó recomponer el semblante.

Subieron a la vieja camioneta de Marco y Jake hizo de guía. Cuando llegaron al comienzo del bosque, bajaron del coche para continuar a pie.

-No está muy lejos desde aquí, unos escasos dos kilómetros.-dijo Jake.

Comenzaron a caminar en silencio. Jake no hacía más que mirar a Marco. ¿Quién era aquél tipo? ¿Qué quería de su amiga? ¿Sería de fiar? Era demasiado mayor para Dafne, rondaría los treinta, pensó.

-Jake, si quieres preguntarme algo, hazlo sin miedo, pero deja de mirarme con cara de susto.
- Solo me preguntaba quién eras. Cuál es tu historia y qué tienes tú que ver con Dafne. Es mi mejor amiga y no dejaré que nadie le haga daño. Así que si eres un rompecorazones, un picaflores, ya puedes darte media vuelta y dejarla en paz.
-Jake, yo no soy más que un conocido de Dafne. Me importa como amiga y quiero ayudarla. Eso es todo. En cuanto a quién soy y cuál es mi historia, creo que no te incumbe.

Jake seguía dudando, pero le había quedado claro que no conseguiría saber nada más de aquél hombre.
Al cabo de unos minutos divisaron la cabaña. La puerta estaba entreabierta y Jake y Marco intercambiaron una mirada.

-Quédate fuera vigilando y yo entraré.-dijo Jake en voz baja.

Marco, de nuevo, asintió. Jake entró sigilosamente, cubriéndose las espaldas. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la cabaña, distinguió una figura durmiendo sobre el colchón. Se acercó sin hacer ruido y compró aliviado que se trataba de Dafne. La despertó con ternura pretendiendo que no se asustara, pero consiguió el efecto contrario. Dafne pegó un chillido y profirió un puñetazo a la nariz de su amigo.

-¡Dafne!  Soy yo, Jake. ¡Estate quieta!
-¿Jake? ¿Qué haces aquí?
-Estoy bien, gracias.
-Oh, lo siento Jake. Espera, iré a buscar algo con lo que limpiar la sangre.

Jake intentó impedirle que saliera de la cabaña, pero ella ya había atravesado la puerta.
Al salir, Dafne se dirigió al riachuelo que pasaba por allí cerca para mojar un pañuelo para su amigo.

-Dafne.

Ella se detuvo, paralizada. Conocía esa voz. Él estaba allí.


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domingo, 26 de febrero de 2012

CONFÍA


Dafne esperó. Lo esperó. Pero él no volvió. Ni siquiera cuando pasó medianoche y la lluvia azotó las ventanas con furia. Comprendió dolida que debía marcharse. Recogió sus pertenencias, echó un último vistazo al apartamento y se fue.
La noche era fría y húmeda. El viento y la lluvia no ayudaban. Se puso la chaqueta y echó a andar. Las gotas de agua resbalaban por su cara y se confundían con las lágrimas que al mismo tiempo derramaba. ¿Por qué lloraba? Marco no era nadie especial. La había ayudado, pero no sentía nada por él. No podía sentirlo.

Pocos coches pasaban por la nacional a esas horas, y los pocos que pasaban decidían que subir a una extraña a su coche no era una buena decisión.

Dafne seguía adelante, más tranquila ahora. Al cabo de unas horas, divisó un pequeño pueblo y caminó hasta él en busca de un lugar en el que dormir. Encontró un pequeño motel que bien podría ser un fumadero de opio.
Pagó la habitación y se dirigió a ella. Estaba exhausta. Se acostó en la cama y rezó porque a la mañana siguiente todas sus pertenencias siguieran donde las había dejado. No tardó en quedarse dormida.

Mientras, a varios kilómetros de distancia, Marco entraba en su apartamento. Esperaba encontrar a Dafne allí, pero en el fondo sabía que ella ya se había marchado.
Abrió la puerta y encendió la luz. Llegaba tarde. Dejó la chaqueta sobre el sofá y vio una carta en la mesa. La leyó.

Marco:
Me voy. No pienses que estoy enfadada contigo, no tengo motivos. Al contrario, tú me has dado en estos días más que nadie en toda mi vida. Me has ayudado y me has protegido. Gracias.
Por eso me voy. No soportaría el dolor si algo te ocurriera. No te lo he dicho, pero creo que no es necesario que lo haga. Sabes lo que siento por ti.
Cuídate.
Dafne

Suspiró. Se había ido. Él la había dejado irse. Dafne estaba en peligro y era su culpa. Tenía que encontrarla, tan solo era una cría indefensa y no sabría defenderse. Pero no sabía dónde estaba.
Recorrió con la vista su apartamento, buscando una señal. Y la encontró. La vieja carpeta azul de Dafne descansaba sobre el sofá, lanzando señales luminosas. La abrió. Había decenas de hojas escritas a mano. Encendió la luz del salón y comenzó a leer todas las notas de la chica.

A la mañana siguiente, Dafne se levantó tarde. Había dormido bien, profundamente. Se sentía vacía y triste, echaba de menos a Marco. Sacudió la cabeza, no podía permitirse el lujo de enamorarse de nadie ahora. 
Se levantó, se lavó y se vistió, y salió tan rápido como pudo de aquél lugar. Sus pasos la llevaron hasta un banco en un parque. No había nadie. Hacía frío y el cielo amenazaba con lluvia, tal vez, incluso con nieve.
Tenía que decidir qué iba a hacer ahora, no podía quedarse en el motel toda la vida. Decidió ir a la estación de autobuses.
No tenía pensado ir a ningún lugar cuando llegó, pero cuando apareció en el panel de “próximas salidas” su ciudad, donde había vivido con su padre, no se lo pensó dos veces. Compró un billete y se subió al autobús.

El cielo empeoraba por momentos, ahora tomaba un oscuro color gris. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer a los pocos minutos de salir de la estación. Dafne miraba por la ventana y pensaba en lo que dejaba atrás. Marco había sido un amigo, se había preocupado por ella, la había protegido. Y ese pensamiento generó una duda en su mente. Marco siempre había hablado de protección en la discusión que tuvieron antes de irse. En ningún momento mencionó que la quisiera, que se preocupara por ella más allá de la típica protección paterno-filial. Al fin y al cabo, Marco tenía veintiocho años, ¿qué podía ver en una joven diez años menor que él? Qué estúpida había sido. Había supuesto que Marco sentía algo por ella, y ella le había mostrado sus sentimientos con aquella larga mirada. Marco seguramente estaría riéndose de ella. Eso la enfureció, la llenó de rabia. Nunca más se dejaría engañar por lo sentimientos, nunca. Mantendría la cabeza fría.

El tiempo pasó y Dafne llegó cinco horas más tarde a su ciudad. Una vez allí, decidió que esperaría a que oscureciera para acercarse hasta su casa. No quería que la vieran. Aprovechó esas horas para hacer una visita.
Llamó al timbre y esperó.

-¿Quién es?
-Jake abre, soy Dafne.
-¿Dafne? ¿Qué haces aquí? Te abro.

Dafne entró al edificio y subió hasta la casa de su amigo. En cuanto lo vio, sonriéndole, lo abrazó con fuerza. Seguía igual a como lo recordaba.

-Pasa, risitas.
-Tú nunca cambias.
-Y tú sí. Estás más delgada. ¿Estás bien? Pensaba que te habías ido. Me enteré en el instituto. Ya sabes, los rumores vuelan.
-Me fui, sí. Siento no habértelo dicho, Jake. Pero tuve que hacerlo. Todo fue muy precipitado. Mi padre…bueno, ya lo conoces. Una noche bebió demasiado y estaba…
-No sigas. Me lo imagino. ¿Tú estás bien?- estaba preocupado.
-Sí, lo estoy.- sonrió para tranquilizarlo.
-¿Dónde has estado todo este tiempo?
-Conocí a un chico que me ofreció alojamiento y trabajo.

Jake parecía no tenerlas todas consigo, así que Dafne insistió.

-De verdad, Jake. He estado bien. Estoy bien, y lo estaré. He venido para contarte qué había pasado. Te he echado de menos.
-Yo también a ti. Quédate esta noche, seguro que no tienes pensado irte tan pronto, ¿no?
-La verdad es que tengo cosas que hacer Jake, debería irme esta misma noche. Estaré bien, ¡deja de fruncir el ceño!- contestó al ver la reacción de su amigo.-Oye, me conoces desde los cuatro años, sabes que no te miento. Confía en mí.
-Está bien, pero no dudes en acudir a mí si necesitas cualquier cosa, ¿de acuerdo?
-De acuerdo. De momento, necesitaría unas tijeras.-dijo con cara de tristeza.
-¿Unas tijeras? Sí, claro. Ahora las traigo.

Cuando se las dio, Dafne se dirigió al baño. Se soltó el largo pelo que llevaba recogido en una coleta y suspiró.

-Allá vamos.-dijo.
-¿Qué estás haciendo? ¿Se te ha ido la olla?
-Tengo que cambiar mi look, no quiero que nadie me reconozca.
-Cada día estás más loca, pero supongo que eso es lo que me gusta de ti. Ten cuidado, ¿quieres? ¡Ah! Y cuando acabes hazme un favor. Date una ducha. Nuestras narices lo agradecerán.- y salió del baño, riendo.

Dafne le sacó la lengua y volvió a centrarse en ella. Se desnudó y se miró en el espejo. Jake tenía razón, estaba más delgada. Comprobó que las heridas que se hizo aquella noche en el forcejeo con el borracho eran ahora cicatrices que marcaban su piel, recordándole la pesadilla para el resto de su vida. Miró su cara. La ceja derecha aún estaba recuperándose. Ese había sido el peor golpe. Una línea rojiza la atravesaba de arriba abajo. Suspiró. Tomó las tijeras y comenzó a cortar. Los mechones caían sobre el suelo suavemente, ondulándose.
Cuando hubo acabado, recordó la petición de su amigo. La verdad es que llevaba días sin ducharse y estaba sucia. Una ducha le vendría bien. El agua caliente la relajó.
Al cabo de media hora, salió del baño. Jake preparaba la cena.

-¿Cómo estoy?- preguntó dudosa.
-Increíble, como siempre.- sonrió.

Dafne lucía ahora una media melena ondulada que le llegaba hasta los hombros. Había pasado de un castaño claro a un intenso chocolate que resaltaba sus profundos ojos grises, y un tímido flequillo le caía sobre el ojo derecho en un intento por cubrir la pesadilla.
Esperó sentada a que Jake acabara de cocinar ya que éste no aceptó su ayuda. Miró a su amigo. Se había equivocado, Jake sí había cambiado. Había algo distinto en él. Felicidad, quizás.
Jake había perdido a su hermano apenas dos años atrás, cuando Dafne y él aún iban juntos al instituto. Ese había sido un golpe duro para él y toda su familia. Y también para Dafne. Quería como a un hermano a aquél joven greñudo que ahora preparaba la cena, y su dolor era el suyo también.
Dafne lo apoyó incondicionalmente, no en vano eran íntimos amigos. Ninguno de los dos tenía mucha vida social, y en cierto modo, entre ellos había algo especial. No llegaba a ser amor, pero se le parecía. Después Dafne dejó los estudios para trabajar y Jake continuó estudiando. Quería ser médico para salvar a los hermanos de otras personas que pasaran por lo mismo que él pasó. El año pasado sus padres se habían marchado a otra ciudad, a cuidar de la abuela de Jake que padecía cáncer, y él se había quedado con el apartamento. Era una gran persona y un increíble amigo.
Jake interrumpió su ensimismamiento.

-¡A comer!- dijo con una sonrisa.
-Jake, ¿cómo te va todo? ¿Sabes ya a qué universidad vas a ir?
-Pues lo cierto es que ayer mismo recibí la carta.
-¿Y qué?- dijo intrigada.
-¡Admitido!- sonrió.
-¡Jake, eso es genial! Me alegro muchísimo. Vas a ser un gran médico. ¡Podré ser tu conejillo de indias cuando tengas un examen!
-Daffy, verás…- comenzó- no voy a quedarme aquí. Me han admitido en la Universidad Estatal de Canadá. Me marcho en una semana.
-Vaya, no me lo esperaba. Pues, eso es bueno, ¿no? Quiero decir, es una buena noticia. Vas a estudiar en una de las mejores. ¡Enhorabuena!
-¿No estás enfadada?
-¿Cómo voy a estarlo? Jake, es la oportunidad de tu vida. Si tú eres feliz, yo lo soy. –suspiró- Te vas.
-Me voy.
-Te echaré de menos, Jake.
-Podrás venir a verme siempre que quieras. Y yo vendré también. No es el fin, Daffy.
-Lo sé, lo sé.-las lágrimas amenazaban con salir.
-Dafne, no llores. Volveremos a estar juntos, tú y yo somos inseparables. Desde pequeños dando guerra, y aún nos queda mucha más que dar. No lo olvides, anda.
-Te quiero, Jake.-sollozó.
-Y yo a ti, risitas. Y ahora basta de llantos y vamos a disfrutar de la comida.
-¡Vamos allá! Por los viejos tiempos.-rió.
-¡Salud!

Así pasó el tiempo y llegó la madrugada. Por unas horas volvieron a ser la Dafne y el Jake que vivían sin preocupaciones, sin temores. Fueron Dafne y Jake sin máscaras, sin miedos. Fueron Dafne y Jake alegres. Felices.

-Me ha gustado mucho verte, Dafne. Prométeme que tendrás cuidado.
-Te lo prometo. Jake, cuídate por favor. Y vuelve.
-Siempre cumplo mis promesas, lo sabes.
-Hasta pronto, amigo.-lo abrazó.
-Hasta pronto, risitas.

Y así Dafne emprendió una nueva etapa de su vida sin su compañero y mejor amigo. Deseaba con todas sus fuerzas que volviera pronto.

Bajó las escaleras y salió a la calle. Estaba desierta. 
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sábado, 25 de febrero de 2012

HUYE


-Tranquila, no voy a hacerte daño. Soy el propietario del bar. Nadie volverá a ponerte la mano encima, te lo prometo.

La tomó en brazos, cuidando su fragilidad, y la llevó a su casa.
Horas más tarde, ella se despertó entre quejas.

-No te muevas, has sufrido varias contusiones. ¿Tienes hambre o sed?
-Sí.- dijo desconfiada.

Bebió y comió cuanto su estómago le permitió. Cuando terminó de comer, el joven se acercó a ella.

-Gracias.- dijo, con la cara marcada por el sufrimiento y el cansancio.

Él no pudo soportar esa mirada cargada de miedo y dolor. Se dio media vuelta, suspirando.

-Ese cabrón nunca me ha dado buena espina.- dijo en voz baja, apesadumbrado.
-¿Dónde está?
-Recibió su merecido, no lo dudes.

Y un atisbo de rabia brilló en sus ojos. Ella no lo vio, y no sabía con certeza lo que había ocurrido la pasada noche. Decidió no preguntar.

-Me llamo Marco.- se presentó.
-Dafne.
-Bonito nombre. ¿De dónde eres?
-No tengo raíces.- mintió.
-Entiendo. ¿Viajas de un sitio a otro? ¿Te ganas la vida con esos escritos?
-¿Los has leído? No tenías derecho.- le espetó, enfadada.
-Te he salvado, creo que sí lo tengo.- dijo él, tranquilo.- Venga, puedes confiar en mí.
- No ganaba mucho con mi trabajo así que acabé escribiendo mis propias historias.
-¿Y te las compraban?
-Supongo que por caridad, sí.
-¿No tienes casa?
-¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?
-Te he acogido, es lo mínimo que debo saber, quién eres.
-Soy Dafne, ya te lo he dicho.
-Eres terca como una mula.
-Genial, además de una niña maleducada ahora soy también una mula.- se burló.- ¿Y qué hay de ti? Vives solo por lo que veo.
-Sí, he sabido montarme una buena vida.
-¿Servir cafés y cervezas te parece una buena vida?- contestó ella con tono provocador.
- Al menos yo me puedo defender solo.- espetó él.

Dafne lo miró dolida.

-Gracias por todo. Me marcho.- dijo saliendo por la puerta.
-¡Dafne, espera! No he querido decir eso. Soy un bocazas. Perdóname.
-Sí, eres un bocazas.
-Lo siento. Quédate. Es de noche y está lloviendo. Además no tienes coche.
-¿No lo has visto?- preguntó preocupada por su viejo Ford.
-Lo siento.- dijo a modo de negación.
-Está bien.

Dafne recorrió el apartamento de Marco mirando con curiosidad la cantidad de cosas de valor que tenía.

-Has viajado mucho por lo que veo.
-Son baratijas que he ido comprando por aquí y por allá.
-¿Firmadas por David Garrad?- insistió, escéptica.
-Mira, te he salvado y te voy a acoger en mi casa porque sé que no tienes a dónde ir y además eres una cría. Pero eso no te da derecho a meterte en mi vida.
-Tengo dieciocho años.
-Lo que yo decía, una cría.
-Te crees muy viejo para tener veinticinco años.
-No tengo veinticinco, tengo veintiocho. Pero gracias por el cumplido. Y ahora vete a dormir, ha sido un día duro.
-Buenas noches.- dijo, enfadada.

Y no obtuvo respuesta. 
A la mañana siguiente, cuando Marco despertó, se percató de que se había quedado dormido. Eran más de las once y el café estaría cerrado. Había perdido a los clientes de esa mañana.
Corrió entre maldiciones hacia la cafetería que, para su sorpresa, funcionaba con normalidad.
Entró confundido y, allí estaba ella, sirviendo alegremente el café entre los clientes. Al ver a Marco le dirigió una sonrisa sincera.

-Te he salvado el culo, reconócelo.- le dijo al pasar a su lado.

Marco le devolvió la sonrisa a sabiendas de que ella tenía razón, y se puso a trabajar.
Hacia las doce, la cafetería se quedó vacía. Ambos limpiaban en silencio los restos de café y tostadas de las mesas, el suelo e, incluso, los asientos. Fue Marco quien rompió el silencio.

-Gracias por haber abierto el café.
-De nada.- dijo ella.
-Se te da bien este negocio. ¿Has trabajado de camarera alguna vez?
-Sí, trabajaba en una cafetería antes de venir aquí.
-¿Tienes pensado volver?

Esa pregunta sorprendió a Dafne. Nunca se había parado a pensar en ello. Se había marchado, pero no sabía si iba a volver. No sabía si su padre seguiría vivo, cuando se marchó sangraba demasiado.

-Dafne, ¿estás bien?
-No creo que vuelva. No.
- Bien. Entonces, ¿te gustaría trabajar aquí, conmigo? No puedo pagarte mucho, pero es suficiente para vivir.
-Es una buena oferta, Marco, pero debo pensarlo. Aún no sé qué voy a hacer.- dijo, sincera.
-Bueno, cuando lo sepas, avísame.

Ambos siguieron limpiando en silencio, y así transcurrió el día. Por la noche, Marco no dejó que Dafne trabajara en el bar para protegerla, por lo que ella pasó la noche leyendo El libro de Enoc, uno de los tantos que Marco tenía en sus librerías. Y poco a poco, se quedó dormida.
Cuando Marco llegó a casa, bien entrada la noche, la oyó gritar y llorar y corrió hacia ella. Estaba dormida.

-¡Dafne! ¡Dafne! ¡Despierta! ¿Qué te pasa? ¡Dafne!

Y Dafne se despertó y lloró desconsoladamente, abrazada por Marco. Estaba asustada, dolida.
Al cabo de un largo tiempo, consiguió calmarse.

-Dafne, ¿qué soñabas?
-Anoche…- dijo sollozando.-Necesito saberlo, Marco. Dime la verdad. Por favor.
-No, no llegó a tanto.- confesó él conteniendo la rabia y la tristeza.

Y en respuesta ella se abrazó a él durante lo que pudo ser una eternidad. Cuando ya dormía, Marco la arropó y se fue al sofá.
Así pasaron los días, las semanas. Ambos trabajaban en el café de Marco por el día y por la noche Dafne se quedaba leyendo.
Ya había pasado casi un mes desde la llegada de Dafne, y aparentemente todo iba bien. No conocía a Marco, y él a ella tampoco. Pero no necesitaban conocerse, se entendían y se necesitaban, aunque ellos aún no lo supieran.
Una noche, Marco llegó extrañado a casa.

-Dafne, tengo un sobre para ti.
-¿Un sobre? ¿De quién?
-No lo sé. Estaba en el mostrador y no tiene remitente. Toma.

Dafne lo abrió. Era una tarjeta de felicitación de cumpleaños. La desdobló, y al leer lo que contenía en su interior, dejó caer  la tarjeta al suelo y comenzó a temblar. Marco, que había visto la cadena de reacciones que habían surcado su cara, cogió la tarjeta y la leyó.

-Huye.

Dafne seguía con la cara pálida y sin articular palabra, y Marco quería entender.

-¿Qué significa esto, Dafne? ¿Sabes quién te la envía? ¿Por qué pone “huye” en una tarjeta de cumpleaños? Dafne.
-Marco, siéntate. Tienes que prometerme que no dirás nada de lo que voy a contarte, por favor. A nadie.
-Tranquila, puedes confiar en mí.

Ella lo miró con dolor.

-Cuando llegué aquí, estaba huyendo de algo. Desde que nací he vivido con mi padre, mi madre murió cuando tenía dos años. Al principio fue duro, pero seguíamos adelante. Pero poco a poco las cosas fueron a peor. Mi padre empezó a beber, no mucho, pero bebía. Yo le decía que lo dejara, que se estaba haciendo daño, pero no me hizo caso. Dejó el trabajo y lo sustituyó por un bar.
-El bar en el que trabajabas.
-Sí. Yo tuve que hacer de camarera, tuve que servirle a mi propio padre el veneno que destruía nuestras vidas a marchas forzadas.
“Cuando se cansaba de estar allí y de mostrarme como pieza de valor a sus amigos, se iba a casa. Yo tenía que quedarme trabajando y cerrar el local. Terminaba de trabajar de madrugada, y cuando llegaba a casa siempre había alguna mujer en su cama. Nuestra vida cambió totalmente. Una noche, al llegar a casa de trabajar, escuché desde el jardín cómo él y la mujer a la que había llevado esa noche a casa discutían. Esperé a que acabaran, y la mujer se fue. Mi padre estaba enfadado, violento y muy borracho. Yo entré, y me fui a mi habitación. Y él vino detrás de mí. Se me acercó y me dijo que era muy guapa, que estaba orgulloso de haber creado una  mujer así. Me acariciaba y me susurraba al oído. Salí corriendo, y él detrás de mí. No encontré ninguna salida, y me alcanzó. Me desnudo de cintura para arriba y me empujó contra el sofá. Yo estaba asustada y no sabía qué hacer. Me defendí. Le estampé un jarrón en la cabeza y salí corriendo. Pensé que estaba muerto, había mucha sangre. Pero veo que no es así."
“Cuando era pequeña, desde que mi madre murió, mi padre me arropaba en la cama y me decía que huyera siempre que hubiera un peligro cerca de mí. Y ahora él es el peligro."
-Así que viene a por ti. ¿Y la tarjeta?
-Hoy es mi cumpleaños.Ya me ha encontrado, Marco. Tengo que irme de aquí.- los nervios hablaban por ella.

Se levantó y comenzó a recoger sus pertenencias.

-Dafne, ¿a dónde vas a ir? ¡No tienes a nadie, no tienes dinero! ¡No hagas planes precipitados!- replicó él, asustado.
-Me buscaré la vida como he hecho siempre. Pero no puedo quedarme aquí, Marco.
-¡Estás cometiendo una estupidez! ¡No tienes nada y eres una cría! ¡No sabes defenderte en la calle, Dafne! ¡¿No te das cuenta de que si te vas acabarás mal?!

Marco estaba desesperado, asustado. Pero no era al padre de Dafne a lo que temía.

-¡Y si me quedo el que acabará mal serás tú y eso no me lo perdonaría nunca!- chilló ella casi sollozando.

Ambos se quedaron en silencio un instante.

-Marco yo…
-Dafne, yo estaré bien. Eres tú la que corre peligro y no puedes defenderte sola.

Ambos se miraron largo rato a los ojos, expresaron en silencio con miradas lo que llevaban semanas queriendo decir. Fue Marco quien apartó la vista.

-Eres libre de irte si así lo deseas.

Y dio media vuelta y se fue, dejando a Dafne sola en casa.
Llovía.
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