martes, 28 de febrero de 2012

ACTÚA


Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad, a su realidad. Hacía frío, pero la tensión le impedía sentirlo. Deambuló por las calles en un intento por retrasar lo inevitable. Al final, llegó a s destino.
La casa estaba en silencio, no parecía haber nadie. Supuso que su padre estaría en el bar.
Era la oportunidad de entrar y coger todo lo que aquella oscura noche no pudo coger. La puerta, como de costumbre, estaba sin cerrar.
Entró sigilosa por si su padre estuviera durmiendo, y tras recorrer la casa comprobó que no era así. Se dirigió a su habitación, sacó del armario una nueva bolsa de viaje y metió todo lo importante en ella. Después se dirigió a la cocina en busca de comida. La nevera estaba vacía, así que optó por rebuscar entre las alacenas y los cajones. Encontró barritas energéticas y chocolate. Lo metió en la bolsa y siguió buscando.

Se le ocurrió buscar dinero, sabía que su padre lo escondía en su habitación. Fue hasta ella y, tras buscar por todos los armarios, en un último intento desesperado, levantó el colchón. Premio. Allí debajo había una caja de metal sin cerrar. La abrió, pero no encontró lo que esperaba. Allí dentro había un arma, una pistola con silenciador incluido. También había balas de repuesto y una navaja. ¿Qué clase de hombre era su padre? ¿Con quién había estado viviendo todos estos años?

Dejó el arma sobre la cama y continuó buscando dinero. Abrió los últimos cajones que le quedaban por registrar. Y entonces todo ocurrió muy rápido.

-Serás hija de puta. ¡¿Qué estás haciendo aquí?!- gritó su padre.

El tiempo se agotaba, aquél monstruo avanzaba a pasos gigantes hacía ella con el puño en alto. La iba a matar. Tenía que escapar, pero él bloqueaba la puerta. No se lo pensó dos veces. Agarró la pistola y sin piedad, disparó.

Su padre cayó al suelo, gritando de dolor. Y ella, asustada, soltó la pistola que fue a parar al suelo, se miró las manos y lloró. Comprendió que debía salir de allí cuanto antes. Recogió el arma, agarró sus bolsas de viaje y lo miró una última vez, tumbado allí en el suelo, agonizando. Se fue. Corrió en mitad de la noche. No tenía rumbo. Correr le hacía sentirse más libre, le permitía huir, ser invencible. Necesitaba olvidar lo que había pasado. Había disparado a su padre. Era la segunda vez que intentaba matarlo. ¿Qué había hecho? Tenía que volver, no podía dejar morir a una persona, ni aunque esa persona fuera un cabrón como su padre. 

Volvió sobre sus pasos hasta su casa, y entró llorando. Se dirigió a la habitación de su padre, pero no había rastro de él. Solo quedaba un charco de sangre sobre la moqueta. No lo entendía, no habían pasado más de diez minutos. ¿Dónde estaba su padre?
Recorrió la casa y tampoco lo vio. Decidió que era mejor irse. Tiró el arma en la primera papelera que encontró, y siguió su camino. 
No tenía a dónde ir, y no quería involucrar a Jake en esto. Tampoco podía acudir a la policía, ella era la que había disparado, y ahora no sabía si su padre estaba muerto o no. Podría estar ya allí, testificando contra ella. Tenía que irse.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegó a su escondite preferido. Su ciudad estaba rodeada de bosques fríos y oscuros, y eran el lugar perfecto para tener una cabaña. De pequeños, Jake y ella la encontraron abandonada y comenzaron a reformarla por simple diversión, pero según crecieron, aquella casita se convirtió en su refugio, en un lugar al que huir para encontrar paz.
Jake había dejado de ir desde que Dafne se fue, por lo que estaba algo descuidada. Sacó el colchón hinchable que guardaban para emergencias y se durmió.

Mientras, en el hospital, la policía tomaba declaración a un hombre con un disparo en el hombro izquierdo.
-¿Dice que fue su hija borracha quien le disparó, entonces?
-Sí.- lloró el hombre.

A kilómetros de distancia, Marco, tras pasar la noche en vela leyendo todos y cada uno de los escritos de Dafne, se levantó de la mesa enfadado por no haber obtenido resultado alguno. ¿Dónde podría estar? Golpeó la mesa con furia. La carpeta, ahora vacía, salió disparada y cayó en el suelo, mostrando un falso fondo formado por una simple y sencilla cartulina.
Allí estaba lo que buscaba. Recogió la carpeta y sacó los papeles. Entre ellos había fotos, papeles de identificación y una carta que, supuso, era de su madre. No se atrevió a leerla por respeto a Dafne.
Comenzó por los papeles de identificación. Daffy, la chiquilla a la que tanto apreciaba, resultó ser la mayor de dos hermanos. Danfe tenía un hermano y no se lo había dicho nunca. Continuó leyendo. Su padre, Arnold Clapton, se había casado hacía veintiséis años con su madre, Sara McConnagan, con la que había tenido dos hijos: Dafne y Jim.
Si Dafne tenía un hermano, ¿dónde estaba? No era capaz de dejarlo en casa con su padre, ella no era así. Allí estaba pasando algo muy raro, y quería averiguar qué era. Pero primero debía encontrarla.
Siguió rebuscando entre los papeles y decidió mirar las fotos. Una era la de una mujer pelirroja con los ojos grises y la mirada alegre. En la otra, aparecían Dafne y otro muchacho más alto que ella en una cafetería en primer plano, y en segundo, por detrás, aparecía una mujer sonriendo. Era la encargada de la cafetería, y en su delantal había una clave. Cafetería Hope.
Encendió su ordenador e inició el buscador de internet. Tecleó “Cafetería Hope”, y en la primera entrada, el servidor le indicó la ciudad en la que estaba: Louisville, Colorado.
No tardó ni diez minutos en hacer su equipaje. Se montó en su viaje camioneta y puso rumbo a Louisville.

Fue un largo viaje, pero tras cinco horas por fin llegó a su destino. Eran las nueve de la mañana cuando llegó a la cafetería. Entró y buscó a la mujer de la fotografía. Allí estaba, sirviendo cafés.

-Disculpe, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne,- le mostró la foto- la estoy buscando. Usted es esa señora de ahí, así que la conoce. Por favor, ayúdeme.

La mujer se llevó a Marco a una mesa apartada.

-¿De qué conoces a Dafne, Marco? ¿Qué quieres de ella?
-Dafne y yo nos conocimos cuando ella estaba huyendo de su padre. La alojé y nos hicimos amigos, pero tuvimos una discusión y se marchó. Quiero encontrarla porque su padre la está buscando y no sé hasta dónde sea capaz de llegar. Tiene que ayudarme, por favor.
-Está bien. Yo no sé dónde puede estar, pero sí sé que el joven de la foto es su mejor amigo. Si no lo sabe él, nadie lo sabrá.
-De acuerdo.
-Se llama Jake, el apellido no lo recuerdo bien. Vive en un apartamento en la calle Underwood, en el edificio blanco más cercano al parque.
-Muchas gracias, de verdad.- se levantó.
-Marco.-le llamó.- Cuida de ella.
-Lo haré.- le prometió.

Y salió de la cafetería rumbo a la calle Underwood. Encontró el edificio y llamó a todos los timbres preguntando por Jake. Al final, acertó.

-Sí, ¿quién llama?
-Jake, me llamo Marco Sodano. Soy amigo de Dafne, la estoy buscando. ¿Podríamos hablar?

Silencio.

-Jake, por favor. Dafne está en peligro.
-Sube.-aceptó.

Cuando Marco llegó a la puerta del apartamento, Jake ya lo esperaba fuera con cara de pocos amigos.

-¿Tú eres el chico que le dio comida y casa?-inquirió.
-Sí. La ayudé.
-Entiendo, entra.

Se sentaron en el salón. Marco, al ver tantas cajas y paquetes se extrañó.

-¿Te marchas?
-Sí, me voy en unos días a Canadá a estudiar en la universidad.

Marco asintió.

-Jake, supongo que nadie mejor que tú conoce a Daffy…a Dafne.-se corrigió.- Sabes lo que ella sufre en su casa. Pues bien, debes saber que su padre anda detrás de ella y la quiere muerta. Por eso necesito encontrarla, para protegerla.
-Dafne estuvo aquí anoche. Pero no sé a dónde fue después. Yo le pedí que se quedara, pero insistió en que tenía cosas que hacer.
-Entonces no sabes dónde está. ¡Maldita sea!-dijo Marco, frustrado.
-Solo se me ocurre un lugar en el que pueda estar. Dudo mucho que haya ido a su casa.
-Bien. ¿Está muy lejos?
-Un poco. Está a las afueras de la ciudad, en el bosque. Es una vieja cabaña que encontramos cuando éramos pequeños y que decidimos reconstruir. A Daffy le encanta.-sonrió, pensando en los viejos tiempos. 
Enseguida se percató de que había mostrado su nostalgia frente a aquél desconocido e intentó recomponer el semblante.

Subieron a la vieja camioneta de Marco y Jake hizo de guía. Cuando llegaron al comienzo del bosque, bajaron del coche para continuar a pie.

-No está muy lejos desde aquí, unos escasos dos kilómetros.-dijo Jake.

Comenzaron a caminar en silencio. Jake no hacía más que mirar a Marco. ¿Quién era aquél tipo? ¿Qué quería de su amiga? ¿Sería de fiar? Era demasiado mayor para Dafne, rondaría los treinta, pensó.

-Jake, si quieres preguntarme algo, hazlo sin miedo, pero deja de mirarme con cara de susto.
- Solo me preguntaba quién eras. Cuál es tu historia y qué tienes tú que ver con Dafne. Es mi mejor amiga y no dejaré que nadie le haga daño. Así que si eres un rompecorazones, un picaflores, ya puedes darte media vuelta y dejarla en paz.
-Jake, yo no soy más que un conocido de Dafne. Me importa como amiga y quiero ayudarla. Eso es todo. En cuanto a quién soy y cuál es mi historia, creo que no te incumbe.

Jake seguía dudando, pero le había quedado claro que no conseguiría saber nada más de aquél hombre.
Al cabo de unos minutos divisaron la cabaña. La puerta estaba entreabierta y Jake y Marco intercambiaron una mirada.

-Quédate fuera vigilando y yo entraré.-dijo Jake en voz baja.

Marco, de nuevo, asintió. Jake entró sigilosamente, cubriéndose las espaldas. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la cabaña, distinguió una figura durmiendo sobre el colchón. Se acercó sin hacer ruido y compró aliviado que se trataba de Dafne. La despertó con ternura pretendiendo que no se asustara, pero consiguió el efecto contrario. Dafne pegó un chillido y profirió un puñetazo a la nariz de su amigo.

-¡Dafne!  Soy yo, Jake. ¡Estate quieta!
-¿Jake? ¿Qué haces aquí?
-Estoy bien, gracias.
-Oh, lo siento Jake. Espera, iré a buscar algo con lo que limpiar la sangre.

Jake intentó impedirle que saliera de la cabaña, pero ella ya había atravesado la puerta.
Al salir, Dafne se dirigió al riachuelo que pasaba por allí cerca para mojar un pañuelo para su amigo.

-Dafne.

Ella se detuvo, paralizada. Conocía esa voz. Él estaba allí.


2 comentarios:

  1. Bueno, bueno, bueno, cómo se ha complicado la historia. Disparar contra el padre y que éste haya denunciado activa una espoleta imprevisible. Dafne va acumulando perseguidores, los cercos se estrechan y todo se enturbia. Tsunami de emociones laberínticas. La felicidad entendida como la búsqueda de El Dorado y los miles de obstáculos que salen al paso conforman una trama magnética a cuya atracción resulta imposible sustraerse. Y tu pulso narrativo, de la mano de esa mujer peleona pero tierna y vulnerable como es Dafne, obra el resto del milagro.

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    1. Eres un pelota jajaja Boing, boing.
      Sí, la trama se complica, pero lo mejor está aún por llegar...chan chan.
      Ya recuperada de todo mal, pronto volveré a la carga con una nueva entrega que se está cociendo en el horno y que, espero, no defraude.
      Boing, boing :D

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