Había llegado el momento
de enfrentarse a la realidad, a su realidad. Hacía frío, pero la tensión le
impedía sentirlo. Deambuló por las calles en un intento por retrasar lo
inevitable. Al final, llegó a s destino.
La casa estaba en
silencio, no parecía haber nadie. Supuso que su padre estaría en el bar.
Era la oportunidad de
entrar y coger todo lo que aquella oscura noche no pudo coger. La puerta, como
de costumbre, estaba sin cerrar.
Entró sigilosa por si su
padre estuviera durmiendo, y tras recorrer la casa comprobó que no era así. Se
dirigió a su habitación, sacó del armario una nueva bolsa de viaje y metió todo
lo importante en ella. Después se dirigió a la cocina en busca de comida. La
nevera estaba vacía, así que optó por rebuscar entre las alacenas y los
cajones. Encontró barritas energéticas y chocolate. Lo metió en la bolsa y
siguió buscando.
Se le ocurrió buscar
dinero, sabía que su padre lo escondía en su habitación. Fue hasta ella y, tras
buscar por todos los armarios, en un último intento desesperado, levantó el
colchón. Premio. Allí debajo había una caja de metal sin cerrar. La abrió, pero
no encontró lo que esperaba. Allí dentro había un arma, una pistola con
silenciador incluido. También había balas de repuesto y una navaja. ¿Qué clase
de hombre era su padre? ¿Con quién había estado viviendo todos estos años?
Dejó el arma sobre la cama
y continuó buscando dinero. Abrió los últimos cajones que le quedaban por
registrar. Y entonces todo ocurrió muy rápido.
-Serás hija de puta. ¡¿Qué
estás haciendo aquí?!- gritó su padre.
El tiempo se agotaba, aquél
monstruo avanzaba a pasos gigantes hacía ella con el puño en alto. La iba a
matar. Tenía que escapar, pero él bloqueaba la puerta. No se lo pensó dos
veces. Agarró la pistola y sin piedad, disparó.
Su padre cayó al suelo,
gritando de dolor. Y ella, asustada, soltó la pistola que fue a parar al suelo,
se miró las manos y lloró. Comprendió que debía salir de allí cuanto antes.
Recogió el arma, agarró sus bolsas de viaje y lo miró una última vez, tumbado
allí en el suelo, agonizando. Se fue. Corrió en mitad de la noche. No tenía
rumbo. Correr le hacía sentirse más libre, le permitía huir, ser invencible. Necesitaba olvidar lo que había pasado. Había disparado a su padre. Era la segunda vez que intentaba matarlo. ¿Qué había hecho? Tenía que volver, no podía dejar morir
a una persona, ni aunque esa persona fuera un cabrón como su padre.
Volvió sobre sus pasos
hasta su casa, y entró llorando. Se dirigió a la habitación de su padre, pero
no había rastro de él. Solo quedaba un charco de sangre sobre la moqueta. No lo
entendía, no habían pasado más de diez minutos. ¿Dónde estaba su padre?
Recorrió la casa y tampoco
lo vio. Decidió que era mejor irse. Tiró el arma en la primera papelera que
encontró, y siguió su camino.
No tenía a dónde ir, y no quería involucrar a
Jake en esto. Tampoco podía acudir a la policía, ella era la que había
disparado, y ahora no sabía si su padre estaba muerto o no. Podría estar ya
allí, testificando contra ella. Tenía que irse.
Eran las cuatro de la
mañana cuando llegó a su escondite preferido. Su ciudad estaba rodeada de
bosques fríos y oscuros, y eran el lugar perfecto para tener una cabaña. De
pequeños, Jake y ella la encontraron abandonada y comenzaron a reformarla por
simple diversión, pero según crecieron, aquella casita se convirtió en su
refugio, en un lugar al que huir para encontrar paz.
Jake había dejado de ir
desde que Dafne se fue, por lo que estaba algo descuidada. Sacó el colchón
hinchable que guardaban para emergencias y se durmió.
Mientras, en el hospital,
la policía tomaba declaración a un hombre con un disparo en el hombro
izquierdo.
-¿Dice que fue su hija
borracha quien le disparó, entonces?
-Sí.- lloró el hombre.
A kilómetros de distancia,
Marco, tras pasar la noche en vela leyendo todos y cada uno de los escritos de
Dafne, se levantó de la mesa enfadado por no haber obtenido resultado alguno.
¿Dónde podría estar? Golpeó la mesa con furia. La carpeta, ahora vacía, salió
disparada y cayó en el suelo, mostrando un falso fondo formado por una simple y
sencilla cartulina.
Allí estaba lo que buscaba.
Recogió la carpeta y sacó los papeles. Entre ellos había fotos, papeles de
identificación y una carta que, supuso, era de su madre. No se atrevió a leerla
por respeto a Dafne.
Comenzó por los papeles de
identificación. Daffy, la chiquilla a la que tanto apreciaba, resultó ser la
mayor de dos hermanos. Danfe tenía un hermano y no se lo había dicho nunca.
Continuó leyendo. Su padre, Arnold Clapton, se había casado hacía veintiséis
años con su madre, Sara McConnagan, con la que había tenido dos hijos: Dafne y
Jim.
Si Dafne tenía un hermano,
¿dónde estaba? No era capaz de dejarlo en casa con su padre, ella no era así.
Allí estaba pasando algo muy raro, y quería averiguar qué era. Pero primero
debía encontrarla.
Siguió rebuscando entre
los papeles y decidió mirar las fotos. Una era la de una mujer pelirroja con
los ojos grises y la mirada alegre. En la otra, aparecían Dafne y otro muchacho
más alto que ella en una cafetería en primer plano, y en segundo, por detrás, aparecía una mujer sonriendo. Era la encargada de la cafetería, y en su
delantal había una clave. Cafetería Hope.
Encendió su ordenador e
inició el buscador de internet. Tecleó “Cafetería Hope”, y en la primera
entrada, el servidor le indicó la ciudad en la que estaba: Louisville,
Colorado.
No tardó ni diez minutos
en hacer su equipaje. Se montó en su viaje camioneta y puso rumbo a Louisville.
Fue un largo viaje, pero
tras cinco horas por fin llegó a su destino. Eran las nueve de la mañana cuando llegó a la cafetería. Entró y buscó a la mujer de la fotografía. Allí estaba, sirviendo cafés.
-Disculpe, me llamo Marco Sodano.
Soy amigo de Dafne,- le mostró la foto- la estoy buscando. Usted es esa señora
de ahí, así que la conoce. Por favor, ayúdeme.
La mujer se llevó a Marco
a una mesa apartada.
-¿De qué conoces a Dafne,
Marco? ¿Qué quieres de ella?
-Dafne y yo nos conocimos
cuando ella estaba huyendo de su padre. La alojé y nos hicimos amigos, pero
tuvimos una discusión y se marchó. Quiero encontrarla porque su padre la está
buscando y no sé hasta dónde sea capaz de llegar. Tiene que ayudarme, por
favor.
-Está bien. Yo no sé dónde
puede estar, pero sí sé que el joven de la foto es su mejor amigo. Si no lo
sabe él, nadie lo sabrá.
-De acuerdo.
-Se llama Jake, el
apellido no lo recuerdo bien. Vive en un apartamento en la calle Underwood, en
el edificio blanco más cercano al parque.
-Muchas gracias, de
verdad.- se levantó.
-Marco.-le llamó.- Cuida
de ella.
-Lo haré.- le prometió.
Y salió de la cafetería
rumbo a la calle Underwood. Encontró el edificio y llamó a todos los timbres
preguntando por Jake. Al final, acertó.
-Sí, ¿quién llama?
-Jake, me llamo Marco
Sodano. Soy amigo de Dafne, la estoy buscando. ¿Podríamos hablar?
Silencio.
-Jake, por favor. Dafne
está en peligro.
-Sube.-aceptó.
Cuando Marco llegó a la
puerta del apartamento, Jake ya lo esperaba fuera con cara de pocos amigos.
-¿Tú eres el chico que le
dio comida y casa?-inquirió.
-Sí. La ayudé.
-Entiendo, entra.
Se sentaron en el salón.
Marco, al ver tantas cajas y paquetes se extrañó.
-¿Te marchas?
-Sí, me voy en unos días a
Canadá a estudiar en la universidad.
Marco asintió.
-Jake, supongo que nadie mejor que tú conoce a Daffy…a Dafne.-se corrigió.- Sabes lo que ella sufre
en su casa. Pues bien, debes saber que su padre anda detrás de ella y la quiere
muerta. Por eso necesito encontrarla, para protegerla.
-Dafne estuvo aquí anoche.
Pero no sé a dónde fue después. Yo le pedí que se quedara, pero insistió en que
tenía cosas que hacer.
-Entonces no sabes dónde
está. ¡Maldita sea!-dijo Marco, frustrado.
-Solo se me ocurre un
lugar en el que pueda estar. Dudo mucho que haya ido a su casa.
-Bien. ¿Está muy lejos?
-Un poco. Está a las
afueras de la ciudad, en el bosque. Es una vieja cabaña que encontramos cuando
éramos pequeños y que decidimos reconstruir. A Daffy le encanta.-sonrió,
pensando en los viejos tiempos.
Enseguida se percató de que había mostrado su
nostalgia frente a aquél desconocido e intentó recomponer el semblante.
Subieron a la vieja
camioneta de Marco y Jake hizo de guía. Cuando llegaron al comienzo del bosque,
bajaron del coche para continuar a pie.
-No está muy lejos desde
aquí, unos escasos dos kilómetros.-dijo Jake.
Comenzaron
a caminar en silencio. Jake no hacía más que mirar a Marco.
¿Quién era aquél tipo? ¿Qué quería de su amiga? ¿Sería de fiar? Era demasiado
mayor para Dafne, rondaría los treinta, pensó.
-Jake, si quieres
preguntarme algo, hazlo sin miedo, pero deja de mirarme con cara de susto.
- Solo me preguntaba quién
eras. Cuál es tu historia y qué tienes tú que ver con Dafne. Es mi mejor amiga
y no dejaré que nadie le haga daño. Así que si eres un rompecorazones, un
picaflores, ya puedes darte media vuelta y dejarla en paz.
-Jake, yo no soy más que
un conocido de Dafne. Me importa como amiga y quiero ayudarla. Eso es todo. En
cuanto a quién soy y cuál es mi historia, creo que no te incumbe.
Jake seguía dudando, pero
le había quedado claro que no conseguiría saber nada más de aquél hombre.
Al cabo de unos minutos
divisaron la cabaña. La puerta estaba entreabierta y Jake y Marco
intercambiaron una mirada.
-Quédate fuera vigilando y
yo entraré.-dijo Jake en voz baja.
Marco, de nuevo, asintió.
Jake entró sigilosamente, cubriéndose las espaldas. Cuando sus ojos se
acostumbraron a la penumbra de la cabaña, distinguió una figura durmiendo sobre
el colchón. Se acercó sin hacer ruido y compró aliviado que se trataba de
Dafne. La despertó con ternura pretendiendo que no se asustara, pero consiguió
el efecto contrario. Dafne pegó un chillido y profirió un puñetazo a la nariz
de su amigo.
-¡Dafne! Soy yo, Jake. ¡Estate quieta!
-¿Jake? ¿Qué haces aquí?
-Estoy bien, gracias.
-Oh, lo siento Jake.
Espera, iré a buscar algo con lo que limpiar la sangre.
Jake intentó impedirle que
saliera de la cabaña, pero ella ya había atravesado la puerta.
Al salir, Dafne se dirigió
al riachuelo que pasaba por allí cerca para mojar un pañuelo para su amigo.
-Dafne.
Ella se detuvo,
paralizada. Conocía esa voz. Él estaba allí.
Bueno, bueno, bueno, cómo se ha complicado la historia. Disparar contra el padre y que éste haya denunciado activa una espoleta imprevisible. Dafne va acumulando perseguidores, los cercos se estrechan y todo se enturbia. Tsunami de emociones laberínticas. La felicidad entendida como la búsqueda de El Dorado y los miles de obstáculos que salen al paso conforman una trama magnética a cuya atracción resulta imposible sustraerse. Y tu pulso narrativo, de la mano de esa mujer peleona pero tierna y vulnerable como es Dafne, obra el resto del milagro.
ResponderEliminarEres un pelota jajaja Boing, boing.
EliminarSí, la trama se complica, pero lo mejor está aún por llegar...chan chan.
Ya recuperada de todo mal, pronto volveré a la carga con una nueva entrega que se está cociendo en el horno y que, espero, no defraude.
Boing, boing :D