Hacia las siete de la tarde se metió en el
coche. Ya era de noche y hacía frío, pero ella llevaba solamente una camiseta
de tirantes. Lo demás le estorbaba. Cerró la puerta y activó el seguro. En el
asiento de atrás su día a día: ropa, libros, un secador de pelo, algo de
maquillaje y un gato llorón.
Cogió el móvil y se dignó a hablarle:
- ¿Te puedo llamar?
-Sí, ¿qué pasa?
-Necesito hablar.
-¿Qué te pasa?
-Estoy triste.
Y no le llamó. Fue suficiente comprobar frustrada que no la
entendía, aunque tampoco era su culpa.
Se echó a llorar, y ya eran dos llantos en un
mismo coche. Demasiados para un espacio tan pequeño. Pero a ella le dio igual,
necesitaba gritarlo, sacarlo, desterrar ese pensamiento de su mente. Necesitaba
hacerse a la idea, y no lo lograba.
Se agarró al volante y apoyó su cabeza en él.
Las lágrimas no paraban de brotar, pero el grito cesaba.
Se hacía tarde. Era mejor no complicar las
cosas. Arrancó y condujo hasta allí. Saludó, aparentó y se encerró en su
habitación. Lloró. Sí, era como lo recordaba.
Eran las doce del mediodía. Se encontraba en el
mismo sitio al que solía ir a parar cuando necesitaba huir: el coche.
Se agarró al volante, apoyó su cabeza en él y,
una vez más, lloró. Un golpe en el cristal la devolvió a la realidad.
-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
-Ojalá lo supiera. Una mala noche, el colchón
es diferente. Todo es diferente.
-Las cosas cambian.
-Sí, cada mes cambian.
Él tampoco la entendió. La dejó sola pero ella no lo notó. No
lo notó pues no conocía esa diferencia entre solo o acompañado. Llevaba mucho
tiempo sola a pesar de estar con alguien. Y no le gustaba esa sensación. Había
dejado pasar a muy poca gente a su interior, y desde luego él era el mejor
acierto. Había cambiado su vida.
Volvió a casa con los ojos hinchados. Hacía
frío y tenía hambre. Optó por una ducha. Estaba tranquila, aparentemente. Pero
el agua la hizo vulnerable.
-Está fría. ¡Todo está frío! Todo es diferente
y él no está aquí.
Y el "aquí" no llegó a entenderse
bien, se confundió con un llanto, cuyas lágrimas se confundieron a su vez con
el agua fría que caía sobre ella.
Le echaba de menos, pero él hasta dentro de dos
horas no estaría. Tendría que esperar.
Esperar. Sería solo un mes, le había dicho él.
Y ella se había enfadado porque no la entendía.
-No lo entiendes.
- Si no me lo explicas, difícilmente.
Y ella ya no había contestado. Explicar, explicar. Estaba
cansada de explicar. Ella quería que entendieran, él y todos. No quería dar más
explicaciones de por qué hacía lo que hacía, de por qué se sentía como se
sentía y de qué era lo que sentía.
Sería solo un mes. Sí, un mes. Un mal mes.
¿Pero por qué vas con esa mentalidad de que será un mal mes?-
le decía él.
Aquí tienes tu respuesta una vez más: porque es mi vida,
porque sé cómo es y mejor aún, sé cómo soy. Porque sé lo que pasará, porque sé
cómo me sentiré y mejor aún, porque sé cómo me siento.
Si quedaba alguna duda de cómo iba a ser este mes, ya se ha
disipado.
No lo entiende, y eso a ella le duele. Porque querría ser
entendida. No, más aún. Querría que él la entendiera.
Es sencillo, decía para sí. No es solo que este mes vaya a
ser malo, y no es solo que los demás meses aquí hayan sido malos, es el hecho
de que haya meses y más aún, el hecho de no poder cambiar eso. ¿Por qué no
puede entenderlo? ¿Por qué no puede compadecer ese dolor, sin razón, solo
compasión?
Pero no podemos cambiar a las personas. Y una vez más
agarrada al volante con la cabeza apoyada en él, pensé que era verdad. Que él
era como era y que le quería tal cual. Así dejé que entrara en mí, y así lo
quería mantener.
En cuanto al mes, ¿qué podía hacer? De nuevo, esperar.
No recuerdo cuán profundo fue mi dolor, pero sé
que todo lo que necesité para mitigarlo fue simplemente un poco de ternura.
Cuántas veces habremos sentido que nadie en el mundo nos comprendía, ¿cuántas? Innumerables. Como innumerables han sido las veces que finalmente alguien encontró la senda para llegar hasta nosotros. Ocurre que pesa más el debe que el haber. Aquel, es obvio, nos duele más, y se nos enquista como un agravio mal digerido. Y vale que a lo mejor los otros carecen de recursos para ayudarnos, pero a veces, sin quererlo, tampoco nos dejamos ayudar. Esa torpeza puede ser bidireccional y se cura despojándonos del "yo" y ataviándonos con un "nosotros". Y es que, si nos desprendiéramos de nuestro orgullo, el orgullo tóxico se entiende, nos entregaríamos a todo y a todos, nunca estaríamos solos y seríamos mucho más felices.
ResponderEliminarY ¿por qué será que no aceptamos ayuda? Quizás por orgullo, como tú bien dices, quizás por desconocimiento. Quien no sabe que le ocurre algo, no sabe que necesita ayuda. Es ignorante. Somos ignorantes. Esa es la mayor enfermedad de los humanos, la ignorancia. Ya no hacia diversos temas, de intelecto o no, sino hacia nosotros mismos. Hacia lo que somos. No somos conscientes de hasta dónde podemos llegar guiados por esa parte inconsciente que tenemos. Aunque, detrás de eso, solo está el orgullo.
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