miércoles, 22 de febrero de 2012

DESEA

Hacia las siete de la tarde se metió en el coche. Ya era de noche y hacía frío, pero ella llevaba solamente una camiseta de tirantes. Lo demás le estorbaba. Cerró la puerta y activó el seguro. En el asiento de atrás su día a día: ropa, libros, un secador de pelo, algo de maquillaje y un gato llorón.
Cogió el móvil y se dignó a hablarle:


- ¿Te puedo llamar?
-Sí, ¿qué pasa?
-Necesito hablar.
-¿Qué te pasa?
-Estoy triste.

Y no le llamó. Fue suficiente comprobar frustrada que no la entendía, aunque tampoco era su culpa.

Se echó a llorar, y ya eran dos llantos en un mismo coche. Demasiados para un espacio tan pequeño. Pero a ella le dio igual, necesitaba gritarlo, sacarlo, desterrar ese pensamiento de su mente. Necesitaba hacerse a la idea, y no lo lograba.
Se agarró al volante y apoyó su cabeza en él. Las lágrimas no paraban de brotar, pero el grito cesaba.
Se hacía tarde. Era mejor no complicar las cosas. Arrancó y condujo hasta allí. Saludó, aparentó y se encerró en su habitación. Lloró. Sí, era como lo recordaba.
Eran las doce del mediodía. Se encontraba en el mismo sitio al que solía ir a parar cuando necesitaba huir: el coche.
Se agarró al volante, apoyó su cabeza en él y, una vez más, lloró. Un golpe en el cristal la devolvió a la realidad.


-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
-Ojalá lo supiera. Una mala noche, el colchón es diferente. Todo es diferente.
-Las cosas cambian.
-Sí, cada mes cambian.

Él tampoco la entendió. La dejó sola pero ella no lo notó. No lo notó pues no conocía esa diferencia entre solo o acompañado. Llevaba mucho tiempo sola a pesar de estar con alguien. Y no le gustaba esa sensación. Había dejado pasar a muy poca gente a su interior, y desde luego él era el mejor acierto. Había cambiado su vida. 
Volvió a casa con los ojos hinchados. Hacía frío y tenía hambre. Optó por una ducha. Estaba tranquila, aparentemente. Pero el agua la hizo vulnerable.


-Está fría. ¡Todo está frío! Todo es diferente y él no está aquí.


Y el "aquí" no llegó a entenderse bien, se confundió con un llanto, cuyas lágrimas se confundieron a su vez con el agua fría que caía sobre ella.
Le echaba de menos, pero él hasta dentro de dos horas no estaría. Tendría que esperar.
Esperar. Sería solo un mes, le había dicho él. Y ella se había enfadado porque no la entendía. 

-No lo entiendes. 
- Si no me lo explicas, difícilmente.

Y ella ya no había contestado. Explicar, explicar. Estaba cansada de explicar. Ella quería que entendieran, él y todos. No quería dar más explicaciones de por qué hacía lo que hacía, de por qué se sentía como se sentía y de qué era lo que sentía.
Sería solo un mes. Sí, un mes. Un mal mes.
¿Pero por qué vas con esa mentalidad de que será un mal mes?- le decía él.
Aquí tienes tu respuesta una vez más: porque es mi vida, porque sé cómo es y mejor aún, sé cómo soy. Porque sé lo que pasará, porque sé cómo me sentiré y mejor aún, porque sé cómo me siento.
Si quedaba alguna duda de cómo iba a ser este mes, ya se ha disipado.
No lo entiende, y eso a ella le duele. Porque querría ser entendida. No, más aún. Querría que él la entendiera.
Es sencillo, decía para sí. No es solo que este mes vaya a ser malo, y no es solo que los demás meses aquí hayan sido malos, es el hecho de que haya meses y más aún, el hecho de no poder cambiar eso. ¿Por qué no puede entenderlo? ¿Por qué no puede compadecer ese dolor, sin razón, solo compasión? 
Pero no podemos cambiar a las personas. Y una vez más agarrada al volante con la cabeza apoyada en él, pensé que era verdad. Que él era como era y que le quería tal cual. Así dejé que entrara en mí, y así lo quería mantener.
En cuanto al mes, ¿qué podía hacer? De nuevo, esperar.

No recuerdo cuán profundo fue mi dolor, pero sé que todo lo que necesité para mitigarlo fue simplemente un poco de ternura.

2 comentarios:

  1. Cuántas veces habremos sentido que nadie en el mundo nos comprendía, ¿cuántas? Innumerables. Como innumerables han sido las veces que finalmente alguien encontró la senda para llegar hasta nosotros. Ocurre que pesa más el debe que el haber. Aquel, es obvio, nos duele más, y se nos enquista como un agravio mal digerido. Y vale que a lo mejor los otros carecen de recursos para ayudarnos, pero a veces, sin quererlo, tampoco nos dejamos ayudar. Esa torpeza puede ser bidireccional y se cura despojándonos del "yo" y ataviándonos con un "nosotros". Y es que, si nos desprendiéramos de nuestro orgullo, el orgullo tóxico se entiende, nos entregaríamos a todo y a todos, nunca estaríamos solos y seríamos mucho más felices.

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    1. Y ¿por qué será que no aceptamos ayuda? Quizás por orgullo, como tú bien dices, quizás por desconocimiento. Quien no sabe que le ocurre algo, no sabe que necesita ayuda. Es ignorante. Somos ignorantes. Esa es la mayor enfermedad de los humanos, la ignorancia. Ya no hacia diversos temas, de intelecto o no, sino hacia nosotros mismos. Hacia lo que somos. No somos conscientes de hasta dónde podemos llegar guiados por esa parte inconsciente que tenemos. Aunque, detrás de eso, solo está el orgullo.

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