miércoles, 22 de febrero de 2012

LUCHA




Se vistió de nuevo y sin más mediaciones, dio media vuelta y se fue. Era libre, dueña de su vida.
Metió las maletas en el coche, llorando. Lo arrancó y mirando por el retrovisor lo que hasta entonces había sido su vida, se marchó. No sentía nada.
No tenía rumbo, tampoco dinero, pero para ella eso nunca había sido un impedimento. Tras dos horas conduciendo por la nacional en dirección sur, encendió la radio. Y según conducía, la verdad cayó sobre ella.

-¿Qué he hecho?

Y hablar en mitad del silencio al que ya se había acostumbrado, la sumió en una locura casi enfermiza. Comenzó a reír. Lloró y gritó. Cantó tan alto como pudo.  Y así pasó el tiempo. Eran las cinco de la tarde y la noche ya amenazaba con llegar, tan silenciosa como fría.
Al cabo de una hora el viejo Ford comenzó a quejarse, pedía alimento, y no era el único que lo pedía. Le sonaban las tripas, así que paró en la siguiente gasolinera que encontró en el camino. Repostó y se dirigió a la cafetería.
Dentro sonaba “Unchained Melody” de los Righteous Brothers, y había un dulce  pero fuerte aroma a tabaco en al aire. Se sentó en una de las pocas mesas que, para su asombro, quedaban libres. Estaba situada en un punto estratégico de la cafetería, podía observar a todos los presentes.

Frente a ella había una pareja de ancianos tomando un café tardío con unas tempranas tostadas. A su lado, una madre y su hija de unos dos años luchaban entre sí; la una por conseguir alimentar a la pequeña, la otra, por conseguir llevarse las llaves del coche a la boca. Más adelante, entre  el sueño y la vigilia, un cincuentón borracho y con cara de pocos amigos  no paraba de sonreírle. Decidió dejar de mirar.

Fue entonces cuando, en la esquina más lejana, divisó un grupo de hombres que jugaban serios al póker. Era un cuarteto de lo más peculiar. El más viejo, un señor de unos sesenta, intentaba disimular una mala jugada. A su derecha, un tuerto se aprovechaba de su discapacidad para engañar a sus contrincantes, y a su izquierda,  un camionero con barriga buscaba pagar la gasolina de su ronroneante  mujer. Por último, el más peculiar de todos, el que más desentonaba, un joven de unos veinticinco años, arrogante y sin escrúpulos, miraba con malicia su jugada sobre la mesa: escalera de color. Los demás participantes, resignados, veían caer su dinero en una vieja bolsa marrón.

-Sois unos fracasados.-espetó el joven con el dinero en la mano.

Cansada de esperar, ella se dirigió a la barra.

-¿Atiende alguien aquí o esto lo regenta un fantasma?
-¿A ti de pequeña no te enseñaron modales, muchacha?

Y cuando ya tenía preparada la respuesta para escupírsela al viejo que amenazaba con fastidiarle la noche, se  giró y descubrió al joven ganador del póker.

-¿Qué te pongo, maleducada?
-Un café bien cargado para mí y una dosis de amabilidad para ti.-dijo señalando con la cabeza en dirección a la timba.
-Eres muy graciosa, niña.
-No soy una niña, pero gracias.

El joven la miró con un ápice de diversión.

-Nunca te había visto, ¿qué te trae por aquí?
-Suponiendo que esto es una cafetería y que te he pedido un café, creo que es obvio.
-¿Siempre estás tan a la defensiva?- se rió el joven sirviéndole el café.
-Con gente como tú, sí.- le sonrió ella.
-Que lo disfrutes.- le sirvió el café y se alejó meneando la cabeza.

Volvió a la timba y cogió sus nuevas cartas, no sin antes dirigir una última mirada cargada de interés a aquella desconocida muchacha.
Ella, por su parte, sacó de la bolsa de viaje su carpeta azul. Ahí estaba su vida. Sacó la primera hoja del montón y el bolígrafo de la carpeta, y comenzó a leer. Al acabar, escribió sin parar.
Cuando volvió a levantar la cabeza, la cafetería se había transformado. Debía ser más de media noche.  La mujer y la hija se habían marchado ya, al igual que la pareja de ancianos. La timba había terminado y el joven atendía a decenas de hombres sedientos de alcohol. El borracho cincuentón seguía por allí, se encontraba en su ambiente. La música también había cambiado, ahora sonaba “Bennie and the Jets” de Elton John, a la par que se retransmitía en una vieja tele a todo volumen el partido de los Jaguars contra los Atlanta Falcons.
Miró por la ventana y se sorprendió al ver que hasta el tiempo había cambiado. La noche había dado paso a una fuerte lluvia torrencial.
Volvió a la realidad de la cafetería, donde cientos de hombres gritaban por el partido, por la música y por el alcohol. Pudo escuchar cómo uno de ellos se dirigía al joven.

-¡Marco, que no pare el alcohol! ¡Si ganan los Jaguars me parece que te vamos a dejar sin reservas!
-¡Y como pierdan tú me pagarás las nuevas, Jerry!

Ella ya no hacía nada útil allí, así que decidió marcharse. Recogió sus cosas, dejó el dinero en la mesa y salió al aparcamiento. Utilizó su vieja carpeta para protegerse de la lluvia.
A pesar de la gran cantidad de coches que había y del alboroto del, ahora, bar, no parecía haber vida allí afuera. Corriendo se dirigió hacia su coche, pero no lo encontró. Extrañada recorrió todo el aparcamiento en busca de su viejo Ford, sin éxito. Dobló la esquina del bar para dirigirse a la parte trasera, aunque sabía que allí todo lo que había era un espeso bosque.
Cuando comprobó que su coche tampoco estaba allí, dio media vuelta para dirigirse de nuevo al bar, pero algo se lo impidió. Alguien la sujetaba por el pelo y la hacía retroceder de espaldas forzadamente. Intentó soltarse de su agresor, pero no era lo suficientemente fuerte para ello. Su atacante le dio la vuelta y le golpeó sin compasión la cara. Cuando volvió a abrir los ojos, el borracho cincuentón que tanto tiempo se había pasado sonriéndole, volvía a hacerlo a unos escasos centímetros de ella.
Quiso gritar, pero el hombre le tapó la boca. Ella lloraba asustada y negaba con la cabeza.

-No voy a hacerte daño, cielo, solo quiero pasar un buen rato. Lo disfrutarás, ya lo verás.

Gritó tan fuerte como pudo, pero la mano firme sobre su boca ahogaba toda esperanza. La arrastró hasta la parte trasera del bar, donde se encontraban los almacenes. La desnudó de cintura para arriba, y la acarició con fuerza. Ella pataleaba sin cesar empujada contra una pared, y consiguió darle en la tripa. Como respuesta, una nueva y más fuerte bofetada aterrizó en su mejilla.  Intentó volverse a levantar pero la oscuridad la vencía…
Corría a través del pasillo en busca de una salida. Hacía frío y estaba oscuro. Con las manos, intentando no hacer ruido, tanteaba las paredes de su casa. Tras ella, un hombre enfurecido y excitado por el alcohol le gritaba que no le haría daño.
Al fin, encontró la manija de una puerta y creyó estar salvada. Cerrada. No aguantaría más, estaba encerrada, sin escapatoria. Lloraba desconsolada. Tenía que salir de allí, esconderse.
Pero fue demasiado tarde. Él ya estaba allí y la había encontrado. La cogió por la cara y la besó con furia.

-¡Eres una puta, igual que tu madre! ¡Solo valía para follar y cocinar, y tu de cocinar no tienes ni idea!¡ Así que voy a aprovecharte haciendo lo único para lo que vales, sucia perra! ¡Túmbate, vamos!
-¡No me toques!¡ Eres un maldito cabrón!

Le escocía la mejilla y las lágrimas no paraban de brotar. Su padre la empujó con fuerza sobre el sofá y la sujetó fuertemente de las manos. Le quitó la camiseta, un regalo de su madre, recordó. Mamá, ojalá estuvieras aquí, pensó. Un gemido la devolvió a la realidad. Su padre iba a abusar de ella, tenía que escapar de allí.
Miró a su alrededor con las lágrimas aún en la cara y vio un jarrón en una mesita. Era su única oportunidad. Decidió no oponer más resistencia.
-Buena chica.- sonrió su padre, satisfecho. 
Y en cuanto se distrajo intentando desabrocharse los pantalones, cogió el jarrón de la mesita y lo rompió contra la cabeza de su padre.
Salió corriendo y recogió sus cosas. Se vistió de nuevo y, sin más mediaciones, dio media vuelta y se fue. Era libre, dueña de su vida.

Un grito la devolvió a la realidad. Estaba tirada en el suelo, sin camiseta y completamente mojada por la lluvia. No podía moverse y tenía frío. Dirigió la mirada hacia los gritos, y pudo vislumbrar una pelea. Al cabo de unos minutos escuchó un golpe más fuerte que los anteriores, y unos pasos que se acercaban a ella.

-Por favor, no me hagas más daño.- sollozó.

2 comentarios:

  1. Magistral la forma de enlazar el pasado con el presente. Lo fácil hubiera sido entrar en detalles escabrosos, regodearse en lo sórdido, pero la elipsis que haces es muchísimo más contundente, dice muchísimas más cosas que cualquier descripción pormenorizada. Tiene fuerza, tiene punch. Y no sólo por la sombra que planea amenazante sobre la protagonista desde el inicio del relato, sino también por la forma en que lo resuelves, con tu maestría habitual.

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    1. Domingo, Domingo...Siempre con tus comentarios complaisants(no me sale en español)...¿qué voy a hacer contigo? Da gusto escribir y comprobar que los(el) lectores captan la finalidad con la que lo escribiste. Que captan las elipsis, la esencia y el temor no escrito. Eres como mi conejillo de indias :) Gracias por eso.
      PSD: me gusta eso de "tiene punch"

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