domingo, 26 de febrero de 2012

CONFÍA


Dafne esperó. Lo esperó. Pero él no volvió. Ni siquiera cuando pasó medianoche y la lluvia azotó las ventanas con furia. Comprendió dolida que debía marcharse. Recogió sus pertenencias, echó un último vistazo al apartamento y se fue.
La noche era fría y húmeda. El viento y la lluvia no ayudaban. Se puso la chaqueta y echó a andar. Las gotas de agua resbalaban por su cara y se confundían con las lágrimas que al mismo tiempo derramaba. ¿Por qué lloraba? Marco no era nadie especial. La había ayudado, pero no sentía nada por él. No podía sentirlo.

Pocos coches pasaban por la nacional a esas horas, y los pocos que pasaban decidían que subir a una extraña a su coche no era una buena decisión.

Dafne seguía adelante, más tranquila ahora. Al cabo de unas horas, divisó un pequeño pueblo y caminó hasta él en busca de un lugar en el que dormir. Encontró un pequeño motel que bien podría ser un fumadero de opio.
Pagó la habitación y se dirigió a ella. Estaba exhausta. Se acostó en la cama y rezó porque a la mañana siguiente todas sus pertenencias siguieran donde las había dejado. No tardó en quedarse dormida.

Mientras, a varios kilómetros de distancia, Marco entraba en su apartamento. Esperaba encontrar a Dafne allí, pero en el fondo sabía que ella ya se había marchado.
Abrió la puerta y encendió la luz. Llegaba tarde. Dejó la chaqueta sobre el sofá y vio una carta en la mesa. La leyó.

Marco:
Me voy. No pienses que estoy enfadada contigo, no tengo motivos. Al contrario, tú me has dado en estos días más que nadie en toda mi vida. Me has ayudado y me has protegido. Gracias.
Por eso me voy. No soportaría el dolor si algo te ocurriera. No te lo he dicho, pero creo que no es necesario que lo haga. Sabes lo que siento por ti.
Cuídate.
Dafne

Suspiró. Se había ido. Él la había dejado irse. Dafne estaba en peligro y era su culpa. Tenía que encontrarla, tan solo era una cría indefensa y no sabría defenderse. Pero no sabía dónde estaba.
Recorrió con la vista su apartamento, buscando una señal. Y la encontró. La vieja carpeta azul de Dafne descansaba sobre el sofá, lanzando señales luminosas. La abrió. Había decenas de hojas escritas a mano. Encendió la luz del salón y comenzó a leer todas las notas de la chica.

A la mañana siguiente, Dafne se levantó tarde. Había dormido bien, profundamente. Se sentía vacía y triste, echaba de menos a Marco. Sacudió la cabeza, no podía permitirse el lujo de enamorarse de nadie ahora. 
Se levantó, se lavó y se vistió, y salió tan rápido como pudo de aquél lugar. Sus pasos la llevaron hasta un banco en un parque. No había nadie. Hacía frío y el cielo amenazaba con lluvia, tal vez, incluso con nieve.
Tenía que decidir qué iba a hacer ahora, no podía quedarse en el motel toda la vida. Decidió ir a la estación de autobuses.
No tenía pensado ir a ningún lugar cuando llegó, pero cuando apareció en el panel de “próximas salidas” su ciudad, donde había vivido con su padre, no se lo pensó dos veces. Compró un billete y se subió al autobús.

El cielo empeoraba por momentos, ahora tomaba un oscuro color gris. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer a los pocos minutos de salir de la estación. Dafne miraba por la ventana y pensaba en lo que dejaba atrás. Marco había sido un amigo, se había preocupado por ella, la había protegido. Y ese pensamiento generó una duda en su mente. Marco siempre había hablado de protección en la discusión que tuvieron antes de irse. En ningún momento mencionó que la quisiera, que se preocupara por ella más allá de la típica protección paterno-filial. Al fin y al cabo, Marco tenía veintiocho años, ¿qué podía ver en una joven diez años menor que él? Qué estúpida había sido. Había supuesto que Marco sentía algo por ella, y ella le había mostrado sus sentimientos con aquella larga mirada. Marco seguramente estaría riéndose de ella. Eso la enfureció, la llenó de rabia. Nunca más se dejaría engañar por lo sentimientos, nunca. Mantendría la cabeza fría.

El tiempo pasó y Dafne llegó cinco horas más tarde a su ciudad. Una vez allí, decidió que esperaría a que oscureciera para acercarse hasta su casa. No quería que la vieran. Aprovechó esas horas para hacer una visita.
Llamó al timbre y esperó.

-¿Quién es?
-Jake abre, soy Dafne.
-¿Dafne? ¿Qué haces aquí? Te abro.

Dafne entró al edificio y subió hasta la casa de su amigo. En cuanto lo vio, sonriéndole, lo abrazó con fuerza. Seguía igual a como lo recordaba.

-Pasa, risitas.
-Tú nunca cambias.
-Y tú sí. Estás más delgada. ¿Estás bien? Pensaba que te habías ido. Me enteré en el instituto. Ya sabes, los rumores vuelan.
-Me fui, sí. Siento no habértelo dicho, Jake. Pero tuve que hacerlo. Todo fue muy precipitado. Mi padre…bueno, ya lo conoces. Una noche bebió demasiado y estaba…
-No sigas. Me lo imagino. ¿Tú estás bien?- estaba preocupado.
-Sí, lo estoy.- sonrió para tranquilizarlo.
-¿Dónde has estado todo este tiempo?
-Conocí a un chico que me ofreció alojamiento y trabajo.

Jake parecía no tenerlas todas consigo, así que Dafne insistió.

-De verdad, Jake. He estado bien. Estoy bien, y lo estaré. He venido para contarte qué había pasado. Te he echado de menos.
-Yo también a ti. Quédate esta noche, seguro que no tienes pensado irte tan pronto, ¿no?
-La verdad es que tengo cosas que hacer Jake, debería irme esta misma noche. Estaré bien, ¡deja de fruncir el ceño!- contestó al ver la reacción de su amigo.-Oye, me conoces desde los cuatro años, sabes que no te miento. Confía en mí.
-Está bien, pero no dudes en acudir a mí si necesitas cualquier cosa, ¿de acuerdo?
-De acuerdo. De momento, necesitaría unas tijeras.-dijo con cara de tristeza.
-¿Unas tijeras? Sí, claro. Ahora las traigo.

Cuando se las dio, Dafne se dirigió al baño. Se soltó el largo pelo que llevaba recogido en una coleta y suspiró.

-Allá vamos.-dijo.
-¿Qué estás haciendo? ¿Se te ha ido la olla?
-Tengo que cambiar mi look, no quiero que nadie me reconozca.
-Cada día estás más loca, pero supongo que eso es lo que me gusta de ti. Ten cuidado, ¿quieres? ¡Ah! Y cuando acabes hazme un favor. Date una ducha. Nuestras narices lo agradecerán.- y salió del baño, riendo.

Dafne le sacó la lengua y volvió a centrarse en ella. Se desnudó y se miró en el espejo. Jake tenía razón, estaba más delgada. Comprobó que las heridas que se hizo aquella noche en el forcejeo con el borracho eran ahora cicatrices que marcaban su piel, recordándole la pesadilla para el resto de su vida. Miró su cara. La ceja derecha aún estaba recuperándose. Ese había sido el peor golpe. Una línea rojiza la atravesaba de arriba abajo. Suspiró. Tomó las tijeras y comenzó a cortar. Los mechones caían sobre el suelo suavemente, ondulándose.
Cuando hubo acabado, recordó la petición de su amigo. La verdad es que llevaba días sin ducharse y estaba sucia. Una ducha le vendría bien. El agua caliente la relajó.
Al cabo de media hora, salió del baño. Jake preparaba la cena.

-¿Cómo estoy?- preguntó dudosa.
-Increíble, como siempre.- sonrió.

Dafne lucía ahora una media melena ondulada que le llegaba hasta los hombros. Había pasado de un castaño claro a un intenso chocolate que resaltaba sus profundos ojos grises, y un tímido flequillo le caía sobre el ojo derecho en un intento por cubrir la pesadilla.
Esperó sentada a que Jake acabara de cocinar ya que éste no aceptó su ayuda. Miró a su amigo. Se había equivocado, Jake sí había cambiado. Había algo distinto en él. Felicidad, quizás.
Jake había perdido a su hermano apenas dos años atrás, cuando Dafne y él aún iban juntos al instituto. Ese había sido un golpe duro para él y toda su familia. Y también para Dafne. Quería como a un hermano a aquél joven greñudo que ahora preparaba la cena, y su dolor era el suyo también.
Dafne lo apoyó incondicionalmente, no en vano eran íntimos amigos. Ninguno de los dos tenía mucha vida social, y en cierto modo, entre ellos había algo especial. No llegaba a ser amor, pero se le parecía. Después Dafne dejó los estudios para trabajar y Jake continuó estudiando. Quería ser médico para salvar a los hermanos de otras personas que pasaran por lo mismo que él pasó. El año pasado sus padres se habían marchado a otra ciudad, a cuidar de la abuela de Jake que padecía cáncer, y él se había quedado con el apartamento. Era una gran persona y un increíble amigo.
Jake interrumpió su ensimismamiento.

-¡A comer!- dijo con una sonrisa.
-Jake, ¿cómo te va todo? ¿Sabes ya a qué universidad vas a ir?
-Pues lo cierto es que ayer mismo recibí la carta.
-¿Y qué?- dijo intrigada.
-¡Admitido!- sonrió.
-¡Jake, eso es genial! Me alegro muchísimo. Vas a ser un gran médico. ¡Podré ser tu conejillo de indias cuando tengas un examen!
-Daffy, verás…- comenzó- no voy a quedarme aquí. Me han admitido en la Universidad Estatal de Canadá. Me marcho en una semana.
-Vaya, no me lo esperaba. Pues, eso es bueno, ¿no? Quiero decir, es una buena noticia. Vas a estudiar en una de las mejores. ¡Enhorabuena!
-¿No estás enfadada?
-¿Cómo voy a estarlo? Jake, es la oportunidad de tu vida. Si tú eres feliz, yo lo soy. –suspiró- Te vas.
-Me voy.
-Te echaré de menos, Jake.
-Podrás venir a verme siempre que quieras. Y yo vendré también. No es el fin, Daffy.
-Lo sé, lo sé.-las lágrimas amenazaban con salir.
-Dafne, no llores. Volveremos a estar juntos, tú y yo somos inseparables. Desde pequeños dando guerra, y aún nos queda mucha más que dar. No lo olvides, anda.
-Te quiero, Jake.-sollozó.
-Y yo a ti, risitas. Y ahora basta de llantos y vamos a disfrutar de la comida.
-¡Vamos allá! Por los viejos tiempos.-rió.
-¡Salud!

Así pasó el tiempo y llegó la madrugada. Por unas horas volvieron a ser la Dafne y el Jake que vivían sin preocupaciones, sin temores. Fueron Dafne y Jake sin máscaras, sin miedos. Fueron Dafne y Jake alegres. Felices.

-Me ha gustado mucho verte, Dafne. Prométeme que tendrás cuidado.
-Te lo prometo. Jake, cuídate por favor. Y vuelve.
-Siempre cumplo mis promesas, lo sabes.
-Hasta pronto, amigo.-lo abrazó.
-Hasta pronto, risitas.

Y así Dafne emprendió una nueva etapa de su vida sin su compañero y mejor amigo. Deseaba con todas sus fuerzas que volviera pronto.

Bajó las escaleras y salió a la calle. Estaba desierta. 
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sábado, 25 de febrero de 2012

HUYE


-Tranquila, no voy a hacerte daño. Soy el propietario del bar. Nadie volverá a ponerte la mano encima, te lo prometo.

La tomó en brazos, cuidando su fragilidad, y la llevó a su casa.
Horas más tarde, ella se despertó entre quejas.

-No te muevas, has sufrido varias contusiones. ¿Tienes hambre o sed?
-Sí.- dijo desconfiada.

Bebió y comió cuanto su estómago le permitió. Cuando terminó de comer, el joven se acercó a ella.

-Gracias.- dijo, con la cara marcada por el sufrimiento y el cansancio.

Él no pudo soportar esa mirada cargada de miedo y dolor. Se dio media vuelta, suspirando.

-Ese cabrón nunca me ha dado buena espina.- dijo en voz baja, apesadumbrado.
-¿Dónde está?
-Recibió su merecido, no lo dudes.

Y un atisbo de rabia brilló en sus ojos. Ella no lo vio, y no sabía con certeza lo que había ocurrido la pasada noche. Decidió no preguntar.

-Me llamo Marco.- se presentó.
-Dafne.
-Bonito nombre. ¿De dónde eres?
-No tengo raíces.- mintió.
-Entiendo. ¿Viajas de un sitio a otro? ¿Te ganas la vida con esos escritos?
-¿Los has leído? No tenías derecho.- le espetó, enfadada.
-Te he salvado, creo que sí lo tengo.- dijo él, tranquilo.- Venga, puedes confiar en mí.
- No ganaba mucho con mi trabajo así que acabé escribiendo mis propias historias.
-¿Y te las compraban?
-Supongo que por caridad, sí.
-¿No tienes casa?
-¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?
-Te he acogido, es lo mínimo que debo saber, quién eres.
-Soy Dafne, ya te lo he dicho.
-Eres terca como una mula.
-Genial, además de una niña maleducada ahora soy también una mula.- se burló.- ¿Y qué hay de ti? Vives solo por lo que veo.
-Sí, he sabido montarme una buena vida.
-¿Servir cafés y cervezas te parece una buena vida?- contestó ella con tono provocador.
- Al menos yo me puedo defender solo.- espetó él.

Dafne lo miró dolida.

-Gracias por todo. Me marcho.- dijo saliendo por la puerta.
-¡Dafne, espera! No he querido decir eso. Soy un bocazas. Perdóname.
-Sí, eres un bocazas.
-Lo siento. Quédate. Es de noche y está lloviendo. Además no tienes coche.
-¿No lo has visto?- preguntó preocupada por su viejo Ford.
-Lo siento.- dijo a modo de negación.
-Está bien.

Dafne recorrió el apartamento de Marco mirando con curiosidad la cantidad de cosas de valor que tenía.

-Has viajado mucho por lo que veo.
-Son baratijas que he ido comprando por aquí y por allá.
-¿Firmadas por David Garrad?- insistió, escéptica.
-Mira, te he salvado y te voy a acoger en mi casa porque sé que no tienes a dónde ir y además eres una cría. Pero eso no te da derecho a meterte en mi vida.
-Tengo dieciocho años.
-Lo que yo decía, una cría.
-Te crees muy viejo para tener veinticinco años.
-No tengo veinticinco, tengo veintiocho. Pero gracias por el cumplido. Y ahora vete a dormir, ha sido un día duro.
-Buenas noches.- dijo, enfadada.

Y no obtuvo respuesta. 
A la mañana siguiente, cuando Marco despertó, se percató de que se había quedado dormido. Eran más de las once y el café estaría cerrado. Había perdido a los clientes de esa mañana.
Corrió entre maldiciones hacia la cafetería que, para su sorpresa, funcionaba con normalidad.
Entró confundido y, allí estaba ella, sirviendo alegremente el café entre los clientes. Al ver a Marco le dirigió una sonrisa sincera.

-Te he salvado el culo, reconócelo.- le dijo al pasar a su lado.

Marco le devolvió la sonrisa a sabiendas de que ella tenía razón, y se puso a trabajar.
Hacia las doce, la cafetería se quedó vacía. Ambos limpiaban en silencio los restos de café y tostadas de las mesas, el suelo e, incluso, los asientos. Fue Marco quien rompió el silencio.

-Gracias por haber abierto el café.
-De nada.- dijo ella.
-Se te da bien este negocio. ¿Has trabajado de camarera alguna vez?
-Sí, trabajaba en una cafetería antes de venir aquí.
-¿Tienes pensado volver?

Esa pregunta sorprendió a Dafne. Nunca se había parado a pensar en ello. Se había marchado, pero no sabía si iba a volver. No sabía si su padre seguiría vivo, cuando se marchó sangraba demasiado.

-Dafne, ¿estás bien?
-No creo que vuelva. No.
- Bien. Entonces, ¿te gustaría trabajar aquí, conmigo? No puedo pagarte mucho, pero es suficiente para vivir.
-Es una buena oferta, Marco, pero debo pensarlo. Aún no sé qué voy a hacer.- dijo, sincera.
-Bueno, cuando lo sepas, avísame.

Ambos siguieron limpiando en silencio, y así transcurrió el día. Por la noche, Marco no dejó que Dafne trabajara en el bar para protegerla, por lo que ella pasó la noche leyendo El libro de Enoc, uno de los tantos que Marco tenía en sus librerías. Y poco a poco, se quedó dormida.
Cuando Marco llegó a casa, bien entrada la noche, la oyó gritar y llorar y corrió hacia ella. Estaba dormida.

-¡Dafne! ¡Dafne! ¡Despierta! ¿Qué te pasa? ¡Dafne!

Y Dafne se despertó y lloró desconsoladamente, abrazada por Marco. Estaba asustada, dolida.
Al cabo de un largo tiempo, consiguió calmarse.

-Dafne, ¿qué soñabas?
-Anoche…- dijo sollozando.-Necesito saberlo, Marco. Dime la verdad. Por favor.
-No, no llegó a tanto.- confesó él conteniendo la rabia y la tristeza.

Y en respuesta ella se abrazó a él durante lo que pudo ser una eternidad. Cuando ya dormía, Marco la arropó y se fue al sofá.
Así pasaron los días, las semanas. Ambos trabajaban en el café de Marco por el día y por la noche Dafne se quedaba leyendo.
Ya había pasado casi un mes desde la llegada de Dafne, y aparentemente todo iba bien. No conocía a Marco, y él a ella tampoco. Pero no necesitaban conocerse, se entendían y se necesitaban, aunque ellos aún no lo supieran.
Una noche, Marco llegó extrañado a casa.

-Dafne, tengo un sobre para ti.
-¿Un sobre? ¿De quién?
-No lo sé. Estaba en el mostrador y no tiene remitente. Toma.

Dafne lo abrió. Era una tarjeta de felicitación de cumpleaños. La desdobló, y al leer lo que contenía en su interior, dejó caer  la tarjeta al suelo y comenzó a temblar. Marco, que había visto la cadena de reacciones que habían surcado su cara, cogió la tarjeta y la leyó.

-Huye.

Dafne seguía con la cara pálida y sin articular palabra, y Marco quería entender.

-¿Qué significa esto, Dafne? ¿Sabes quién te la envía? ¿Por qué pone “huye” en una tarjeta de cumpleaños? Dafne.
-Marco, siéntate. Tienes que prometerme que no dirás nada de lo que voy a contarte, por favor. A nadie.
-Tranquila, puedes confiar en mí.

Ella lo miró con dolor.

-Cuando llegué aquí, estaba huyendo de algo. Desde que nací he vivido con mi padre, mi madre murió cuando tenía dos años. Al principio fue duro, pero seguíamos adelante. Pero poco a poco las cosas fueron a peor. Mi padre empezó a beber, no mucho, pero bebía. Yo le decía que lo dejara, que se estaba haciendo daño, pero no me hizo caso. Dejó el trabajo y lo sustituyó por un bar.
-El bar en el que trabajabas.
-Sí. Yo tuve que hacer de camarera, tuve que servirle a mi propio padre el veneno que destruía nuestras vidas a marchas forzadas.
“Cuando se cansaba de estar allí y de mostrarme como pieza de valor a sus amigos, se iba a casa. Yo tenía que quedarme trabajando y cerrar el local. Terminaba de trabajar de madrugada, y cuando llegaba a casa siempre había alguna mujer en su cama. Nuestra vida cambió totalmente. Una noche, al llegar a casa de trabajar, escuché desde el jardín cómo él y la mujer a la que había llevado esa noche a casa discutían. Esperé a que acabaran, y la mujer se fue. Mi padre estaba enfadado, violento y muy borracho. Yo entré, y me fui a mi habitación. Y él vino detrás de mí. Se me acercó y me dijo que era muy guapa, que estaba orgulloso de haber creado una  mujer así. Me acariciaba y me susurraba al oído. Salí corriendo, y él detrás de mí. No encontré ninguna salida, y me alcanzó. Me desnudo de cintura para arriba y me empujó contra el sofá. Yo estaba asustada y no sabía qué hacer. Me defendí. Le estampé un jarrón en la cabeza y salí corriendo. Pensé que estaba muerto, había mucha sangre. Pero veo que no es así."
“Cuando era pequeña, desde que mi madre murió, mi padre me arropaba en la cama y me decía que huyera siempre que hubiera un peligro cerca de mí. Y ahora él es el peligro."
-Así que viene a por ti. ¿Y la tarjeta?
-Hoy es mi cumpleaños.Ya me ha encontrado, Marco. Tengo que irme de aquí.- los nervios hablaban por ella.

Se levantó y comenzó a recoger sus pertenencias.

-Dafne, ¿a dónde vas a ir? ¡No tienes a nadie, no tienes dinero! ¡No hagas planes precipitados!- replicó él, asustado.
-Me buscaré la vida como he hecho siempre. Pero no puedo quedarme aquí, Marco.
-¡Estás cometiendo una estupidez! ¡No tienes nada y eres una cría! ¡No sabes defenderte en la calle, Dafne! ¡¿No te das cuenta de que si te vas acabarás mal?!

Marco estaba desesperado, asustado. Pero no era al padre de Dafne a lo que temía.

-¡Y si me quedo el que acabará mal serás tú y eso no me lo perdonaría nunca!- chilló ella casi sollozando.

Ambos se quedaron en silencio un instante.

-Marco yo…
-Dafne, yo estaré bien. Eres tú la que corre peligro y no puedes defenderte sola.

Ambos se miraron largo rato a los ojos, expresaron en silencio con miradas lo que llevaban semanas queriendo decir. Fue Marco quien apartó la vista.

-Eres libre de irte si así lo deseas.

Y dio media vuelta y se fue, dejando a Dafne sola en casa.
Llovía.
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miércoles, 22 de febrero de 2012

LUCHA




Se vistió de nuevo y sin más mediaciones, dio media vuelta y se fue. Era libre, dueña de su vida.
Metió las maletas en el coche, llorando. Lo arrancó y mirando por el retrovisor lo que hasta entonces había sido su vida, se marchó. No sentía nada.
No tenía rumbo, tampoco dinero, pero para ella eso nunca había sido un impedimento. Tras dos horas conduciendo por la nacional en dirección sur, encendió la radio. Y según conducía, la verdad cayó sobre ella.

-¿Qué he hecho?

Y hablar en mitad del silencio al que ya se había acostumbrado, la sumió en una locura casi enfermiza. Comenzó a reír. Lloró y gritó. Cantó tan alto como pudo.  Y así pasó el tiempo. Eran las cinco de la tarde y la noche ya amenazaba con llegar, tan silenciosa como fría.
Al cabo de una hora el viejo Ford comenzó a quejarse, pedía alimento, y no era el único que lo pedía. Le sonaban las tripas, así que paró en la siguiente gasolinera que encontró en el camino. Repostó y se dirigió a la cafetería.
Dentro sonaba “Unchained Melody” de los Righteous Brothers, y había un dulce  pero fuerte aroma a tabaco en al aire. Se sentó en una de las pocas mesas que, para su asombro, quedaban libres. Estaba situada en un punto estratégico de la cafetería, podía observar a todos los presentes.

Frente a ella había una pareja de ancianos tomando un café tardío con unas tempranas tostadas. A su lado, una madre y su hija de unos dos años luchaban entre sí; la una por conseguir alimentar a la pequeña, la otra, por conseguir llevarse las llaves del coche a la boca. Más adelante, entre  el sueño y la vigilia, un cincuentón borracho y con cara de pocos amigos  no paraba de sonreírle. Decidió dejar de mirar.

Fue entonces cuando, en la esquina más lejana, divisó un grupo de hombres que jugaban serios al póker. Era un cuarteto de lo más peculiar. El más viejo, un señor de unos sesenta, intentaba disimular una mala jugada. A su derecha, un tuerto se aprovechaba de su discapacidad para engañar a sus contrincantes, y a su izquierda,  un camionero con barriga buscaba pagar la gasolina de su ronroneante  mujer. Por último, el más peculiar de todos, el que más desentonaba, un joven de unos veinticinco años, arrogante y sin escrúpulos, miraba con malicia su jugada sobre la mesa: escalera de color. Los demás participantes, resignados, veían caer su dinero en una vieja bolsa marrón.

-Sois unos fracasados.-espetó el joven con el dinero en la mano.

Cansada de esperar, ella se dirigió a la barra.

-¿Atiende alguien aquí o esto lo regenta un fantasma?
-¿A ti de pequeña no te enseñaron modales, muchacha?

Y cuando ya tenía preparada la respuesta para escupírsela al viejo que amenazaba con fastidiarle la noche, se  giró y descubrió al joven ganador del póker.

-¿Qué te pongo, maleducada?
-Un café bien cargado para mí y una dosis de amabilidad para ti.-dijo señalando con la cabeza en dirección a la timba.
-Eres muy graciosa, niña.
-No soy una niña, pero gracias.

El joven la miró con un ápice de diversión.

-Nunca te había visto, ¿qué te trae por aquí?
-Suponiendo que esto es una cafetería y que te he pedido un café, creo que es obvio.
-¿Siempre estás tan a la defensiva?- se rió el joven sirviéndole el café.
-Con gente como tú, sí.- le sonrió ella.
-Que lo disfrutes.- le sirvió el café y se alejó meneando la cabeza.

Volvió a la timba y cogió sus nuevas cartas, no sin antes dirigir una última mirada cargada de interés a aquella desconocida muchacha.
Ella, por su parte, sacó de la bolsa de viaje su carpeta azul. Ahí estaba su vida. Sacó la primera hoja del montón y el bolígrafo de la carpeta, y comenzó a leer. Al acabar, escribió sin parar.
Cuando volvió a levantar la cabeza, la cafetería se había transformado. Debía ser más de media noche.  La mujer y la hija se habían marchado ya, al igual que la pareja de ancianos. La timba había terminado y el joven atendía a decenas de hombres sedientos de alcohol. El borracho cincuentón seguía por allí, se encontraba en su ambiente. La música también había cambiado, ahora sonaba “Bennie and the Jets” de Elton John, a la par que se retransmitía en una vieja tele a todo volumen el partido de los Jaguars contra los Atlanta Falcons.
Miró por la ventana y se sorprendió al ver que hasta el tiempo había cambiado. La noche había dado paso a una fuerte lluvia torrencial.
Volvió a la realidad de la cafetería, donde cientos de hombres gritaban por el partido, por la música y por el alcohol. Pudo escuchar cómo uno de ellos se dirigía al joven.

-¡Marco, que no pare el alcohol! ¡Si ganan los Jaguars me parece que te vamos a dejar sin reservas!
-¡Y como pierdan tú me pagarás las nuevas, Jerry!

Ella ya no hacía nada útil allí, así que decidió marcharse. Recogió sus cosas, dejó el dinero en la mesa y salió al aparcamiento. Utilizó su vieja carpeta para protegerse de la lluvia.
A pesar de la gran cantidad de coches que había y del alboroto del, ahora, bar, no parecía haber vida allí afuera. Corriendo se dirigió hacia su coche, pero no lo encontró. Extrañada recorrió todo el aparcamiento en busca de su viejo Ford, sin éxito. Dobló la esquina del bar para dirigirse a la parte trasera, aunque sabía que allí todo lo que había era un espeso bosque.
Cuando comprobó que su coche tampoco estaba allí, dio media vuelta para dirigirse de nuevo al bar, pero algo se lo impidió. Alguien la sujetaba por el pelo y la hacía retroceder de espaldas forzadamente. Intentó soltarse de su agresor, pero no era lo suficientemente fuerte para ello. Su atacante le dio la vuelta y le golpeó sin compasión la cara. Cuando volvió a abrir los ojos, el borracho cincuentón que tanto tiempo se había pasado sonriéndole, volvía a hacerlo a unos escasos centímetros de ella.
Quiso gritar, pero el hombre le tapó la boca. Ella lloraba asustada y negaba con la cabeza.

-No voy a hacerte daño, cielo, solo quiero pasar un buen rato. Lo disfrutarás, ya lo verás.

Gritó tan fuerte como pudo, pero la mano firme sobre su boca ahogaba toda esperanza. La arrastró hasta la parte trasera del bar, donde se encontraban los almacenes. La desnudó de cintura para arriba, y la acarició con fuerza. Ella pataleaba sin cesar empujada contra una pared, y consiguió darle en la tripa. Como respuesta, una nueva y más fuerte bofetada aterrizó en su mejilla.  Intentó volverse a levantar pero la oscuridad la vencía…
Corría a través del pasillo en busca de una salida. Hacía frío y estaba oscuro. Con las manos, intentando no hacer ruido, tanteaba las paredes de su casa. Tras ella, un hombre enfurecido y excitado por el alcohol le gritaba que no le haría daño.
Al fin, encontró la manija de una puerta y creyó estar salvada. Cerrada. No aguantaría más, estaba encerrada, sin escapatoria. Lloraba desconsolada. Tenía que salir de allí, esconderse.
Pero fue demasiado tarde. Él ya estaba allí y la había encontrado. La cogió por la cara y la besó con furia.

-¡Eres una puta, igual que tu madre! ¡Solo valía para follar y cocinar, y tu de cocinar no tienes ni idea!¡ Así que voy a aprovecharte haciendo lo único para lo que vales, sucia perra! ¡Túmbate, vamos!
-¡No me toques!¡ Eres un maldito cabrón!

Le escocía la mejilla y las lágrimas no paraban de brotar. Su padre la empujó con fuerza sobre el sofá y la sujetó fuertemente de las manos. Le quitó la camiseta, un regalo de su madre, recordó. Mamá, ojalá estuvieras aquí, pensó. Un gemido la devolvió a la realidad. Su padre iba a abusar de ella, tenía que escapar de allí.
Miró a su alrededor con las lágrimas aún en la cara y vio un jarrón en una mesita. Era su única oportunidad. Decidió no oponer más resistencia.
-Buena chica.- sonrió su padre, satisfecho. 
Y en cuanto se distrajo intentando desabrocharse los pantalones, cogió el jarrón de la mesita y lo rompió contra la cabeza de su padre.
Salió corriendo y recogió sus cosas. Se vistió de nuevo y, sin más mediaciones, dio media vuelta y se fue. Era libre, dueña de su vida.

Un grito la devolvió a la realidad. Estaba tirada en el suelo, sin camiseta y completamente mojada por la lluvia. No podía moverse y tenía frío. Dirigió la mirada hacia los gritos, y pudo vislumbrar una pelea. Al cabo de unos minutos escuchó un golpe más fuerte que los anteriores, y unos pasos que se acercaban a ella.

-Por favor, no me hagas más daño.- sollozó.
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