Dafne esperó. Lo esperó.
Pero él no volvió. Ni siquiera cuando pasó medianoche y la lluvia azotó las
ventanas con furia. Comprendió dolida que debía marcharse. Recogió sus
pertenencias, echó un último vistazo al apartamento y se fue.
La noche era fría y
húmeda. El viento y la lluvia no ayudaban. Se puso la chaqueta y echó a andar.
Las gotas de agua resbalaban por su cara y se confundían con las lágrimas que
al mismo tiempo derramaba. ¿Por qué lloraba? Marco no era nadie especial. La
había ayudado, pero no sentía nada por él. No podía sentirlo.
Pocos coches pasaban por
la nacional a esas horas, y los pocos que pasaban decidían que subir a una extraña
a su coche no era una buena decisión.
Dafne seguía adelante, más tranquila ahora. Al cabo de unas horas, divisó un pequeño pueblo y caminó hasta él en busca de un lugar en el que dormir. Encontró un pequeño motel que bien podría ser un fumadero de opio.
Pagó la habitación y se
dirigió a ella. Estaba exhausta. Se acostó en la cama y rezó porque a la mañana
siguiente todas sus pertenencias siguieran donde las había dejado. No tardó en
quedarse dormida.
Mientras, a varios
kilómetros de distancia, Marco entraba en su apartamento. Esperaba encontrar a Dafne
allí, pero en el fondo sabía que ella ya se había marchado.
Abrió la puerta y encendió
la luz. Llegaba tarde. Dejó la chaqueta sobre el sofá y vio una carta en la
mesa. La leyó.
Marco:
Me voy. No pienses que estoy enfadada
contigo, no tengo motivos. Al contrario, tú me has dado en estos días más que
nadie en toda mi vida. Me has ayudado y me has protegido. Gracias.
Cuídate.
Dafne
Suspiró. Se había ido. Él
la había dejado irse. Dafne estaba en peligro y era su culpa. Tenía que
encontrarla, tan solo era una cría indefensa y no sabría defenderse. Pero no
sabía dónde estaba.
Recorrió con la vista su
apartamento, buscando una señal. Y la encontró. La vieja carpeta azul de Dafne
descansaba sobre el sofá, lanzando señales luminosas. La abrió. Había decenas
de hojas escritas a mano. Encendió la luz del salón y comenzó a leer todas las
notas de la chica.
A la mañana siguiente,
Dafne se levantó tarde. Había dormido bien, profundamente. Se sentía vacía y
triste, echaba de menos a Marco. Sacudió la cabeza, no podía permitirse el lujo
de enamorarse de nadie ahora.
Se levantó, se lavó y se
vistió, y salió tan rápido como pudo de aquél lugar. Sus pasos la llevaron
hasta un banco en un parque. No había nadie. Hacía frío y el cielo amenazaba
con lluvia, tal vez, incluso con nieve.
Tenía que decidir qué iba
a hacer ahora, no podía quedarse en el motel toda la vida. Decidió ir a la estación
de autobuses.
No tenía pensado ir a
ningún lugar cuando llegó, pero cuando apareció en el panel de “próximas
salidas” su ciudad, donde había vivido con su padre, no se lo pensó dos veces.
Compró un billete y se subió al autobús.
El cielo empeoraba por
momentos, ahora tomaba un oscuro color gris. Las primeras gotas de lluvia
comenzaron a caer a los pocos minutos de salir de la estación. Dafne miraba por
la ventana y pensaba en lo que dejaba atrás. Marco había sido un amigo, se
había preocupado por ella, la había protegido. Y ese pensamiento generó una
duda en su mente. Marco siempre había hablado de protección en la discusión que
tuvieron antes de irse. En ningún momento mencionó que la quisiera, que se
preocupara por ella más allá de la típica protección paterno-filial. Al fin y al cabo, Marco tenía veintiocho años, ¿qué podía ver en una joven diez años menor que él? Qué
estúpida había sido. Había supuesto que Marco sentía algo por ella, y ella le había
mostrado sus sentimientos con aquella larga mirada. Marco seguramente estaría
riéndose de ella. Eso la enfureció, la llenó de rabia. Nunca más se dejaría
engañar por lo sentimientos, nunca. Mantendría la cabeza fría.
El tiempo pasó y Dafne llegó
cinco horas más tarde a su ciudad. Una vez allí, decidió que esperaría a que
oscureciera para acercarse hasta su casa. No quería que la vieran. Aprovechó
esas horas para hacer una visita.
Llamó al timbre y esperó.
-¿Quién es?
-Jake abre, soy Dafne.
-¿Dafne? ¿Qué haces aquí?
Te abro.
Dafne entró al edificio y
subió hasta la casa de su amigo. En cuanto lo vio, sonriéndole, lo abrazó con
fuerza. Seguía igual a como lo recordaba.
-Pasa, risitas.
-Tú nunca cambias.
-Y tú sí. Estás más
delgada. ¿Estás bien? Pensaba que te habías ido. Me enteré en el instituto. Ya
sabes, los rumores vuelan.
-Me fui, sí. Siento no
habértelo dicho, Jake. Pero tuve que hacerlo. Todo fue muy precipitado. Mi
padre…bueno, ya lo conoces. Una noche bebió demasiado y estaba…
-No sigas. Me lo imagino.
¿Tú estás bien?- estaba preocupado.
-Sí, lo estoy.- sonrió
para tranquilizarlo.
-¿Dónde has estado todo
este tiempo?
-Conocí a un chico que me
ofreció alojamiento y trabajo.
Jake parecía no tenerlas todas consigo, así que Dafne insistió.
-De verdad, Jake. He estado bien. Estoy bien, y lo estaré. He venido para contarte qué había pasado. Te he echado de menos.
-Yo también a ti. Quédate
esta noche, seguro que no tienes pensado irte tan pronto, ¿no?
-La verdad es que tengo
cosas que hacer Jake, debería irme esta misma noche. Estaré bien, ¡deja de
fruncir el ceño!- contestó al ver la reacción de su amigo.-Oye, me conoces
desde los cuatro años, sabes que no te miento. Confía en mí.
-Está bien, pero no dudes
en acudir a mí si necesitas cualquier cosa, ¿de acuerdo?
-De acuerdo. De momento,
necesitaría unas tijeras.-dijo con cara de tristeza.
-¿Unas tijeras? Sí, claro.
Ahora las traigo.
Cuando se las dio, Dafne
se dirigió al baño. Se soltó el largo pelo que llevaba recogido en una coleta y
suspiró.
-Allá vamos.-dijo.
-¿Qué estás haciendo? ¿Se te ha ido la olla?
-Tengo que cambiar mi
look, no quiero que nadie me reconozca.
-Cada día estás más loca,
pero supongo que eso es lo que me gusta de ti. Ten cuidado, ¿quieres? ¡Ah! Y cuando
acabes hazme un favor. Date una ducha. Nuestras narices lo agradecerán.- y
salió del baño, riendo.
Dafne le sacó la lengua y
volvió a centrarse en ella. Se desnudó y se miró en el espejo. Jake tenía
razón, estaba más delgada. Comprobó que las heridas que se hizo aquella noche
en el forcejeo con el borracho eran ahora cicatrices que marcaban su piel,
recordándole la pesadilla para el resto de su vida. Miró su cara. La ceja
derecha aún estaba recuperándose. Ese había sido el peor golpe. Una línea
rojiza la atravesaba de arriba abajo. Suspiró. Tomó las tijeras y comenzó a
cortar. Los mechones caían sobre el suelo suavemente, ondulándose.
Cuando hubo acabado,
recordó la petición de su amigo. La verdad es que llevaba días sin ducharse y
estaba sucia. Una ducha le vendría bien. El agua caliente la relajó.
Al cabo de media hora,
salió del baño. Jake preparaba la cena.
-¿Cómo estoy?- preguntó
dudosa.
-Increíble, como siempre.-
sonrió.
Dafne lucía ahora una
media melena ondulada que le llegaba hasta los hombros. Había pasado de un
castaño claro a un intenso chocolate que resaltaba sus profundos ojos grises,
y un tímido flequillo le caía sobre el ojo derecho en un intento por cubrir la
pesadilla.
Esperó sentada a que Jake
acabara de cocinar ya que éste no aceptó su ayuda. Miró a su amigo. Se había
equivocado, Jake sí había cambiado. Había algo distinto en él. Felicidad,
quizás.
Jake había perdido a su
hermano apenas dos años atrás, cuando Dafne y él aún iban juntos al instituto.
Ese había sido un golpe duro para él y toda su familia. Y también para Dafne.
Quería como a un hermano a aquél joven greñudo que ahora preparaba la cena, y
su dolor era el suyo también.
Dafne lo apoyó
incondicionalmente, no en vano eran íntimos amigos. Ninguno de los dos tenía
mucha vida social, y en cierto modo, entre ellos había algo especial. No
llegaba a ser amor, pero se le parecía. Después Dafne dejó los estudios para
trabajar y Jake continuó estudiando. Quería ser médico para salvar a los
hermanos de otras personas que pasaran por lo mismo que él pasó. El año pasado
sus padres se habían marchado a otra ciudad, a cuidar de la abuela de Jake que
padecía cáncer, y él se había quedado con el apartamento. Era una gran persona
y un increíble amigo.
Jake interrumpió su
ensimismamiento.
-¡A comer!- dijo con una
sonrisa.
-Jake, ¿cómo te va todo?
¿Sabes ya a qué universidad vas a ir?
-Pues lo cierto es que
ayer mismo recibí la carta.
-¿Y qué?- dijo intrigada.
-¡Admitido!- sonrió.
-¡Jake, eso es genial! Me
alegro muchísimo. Vas a ser un gran médico. ¡Podré ser tu conejillo de indias
cuando tengas un examen!
-Daffy, verás…- comenzó-
no voy a quedarme aquí. Me han admitido en la Universidad Estatal de Canadá. Me
marcho en una semana.
-Vaya, no me lo esperaba.
Pues, eso es bueno, ¿no? Quiero decir, es una buena noticia. Vas a estudiar en
una de las mejores. ¡Enhorabuena!
-¿No estás enfadada?
-¿Cómo voy a estarlo?
Jake, es la oportunidad de tu vida. Si tú eres feliz, yo lo soy. –suspiró- Te
vas.
-Me voy.
-Te echaré de menos, Jake.
-Podrás venir a verme
siempre que quieras. Y yo vendré también. No es el fin, Daffy.
-Lo sé, lo sé.-las
lágrimas amenazaban con salir.
-Dafne, no llores.
Volveremos a estar juntos, tú y yo somos inseparables. Desde pequeños dando
guerra, y aún nos queda mucha más que dar. No lo olvides, anda.
-Te quiero, Jake.-sollozó.
-Y yo a ti, risitas. Y
ahora basta de llantos y vamos a disfrutar de la comida.
-¡Vamos allá! Por los
viejos tiempos.-rió.
-¡Salud!
Así pasó el tiempo y llegó
la madrugada. Por unas horas volvieron a ser la Dafne y el Jake que vivían sin
preocupaciones, sin temores. Fueron Dafne y Jake sin máscaras, sin miedos.
Fueron Dafne y Jake alegres. Felices.
-Me ha gustado mucho
verte, Dafne. Prométeme que tendrás cuidado.
-Te lo prometo. Jake,
cuídate por favor. Y vuelve.
-Siempre cumplo mis
promesas, lo sabes.
-Hasta pronto, amigo.-lo abrazó.
-Hasta pronto, risitas.
Y así Dafne emprendió una
nueva etapa de su vida sin su compañero y mejor amigo. Deseaba con todas sus
fuerzas que volviera pronto.
Bajó las escaleras y salió a la calle. Estaba desierta.
A medida que avanza el relato, post tras post, hemos pasado de una velocidad de viejo mercancías saliendo de la estación a otra de tren de alta velocidad. De seguir así, la historia será un tren-bala japonés. Se acelera el conflicto, las acciones de unos y otros, ya sean activas o pasivas, van imprimiendo el rumbo de los acontecimientos, van moldeando el contorno de lo concreto. Los flecos van tejiendo una urdimbre cada vez más consistente en un rico telar de emociones donde orbitan otros personajes, léase Jake y/o la figura paternal que late siempre al fondo, que dan profundidad y verosimilitud al binomio Dafne-Marco. Muy bien llevado, vaya. :)
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